Nada es lo que parece

El berrinche de los niños

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viernes, 10 de agosto de 2018 · 00:11

¿Alguien todavía recuerda las declaraciones de los dictadores militares? Desde el extremo de las brutales (“anden con el testamento bajo el brazo”) hasta las fascistas: “Un terrorista no es solamente alguien con un arma de fuego o una bomba, sino también alguien que difunde ideas contrarias a la civilización occidental y cristiana”. Hoy, nuevamente la desesperación por la pérdida de legitimidad y credibilidad lleva a nuestro nuevo Melgarejo a proferir ese tipo de declaraciones a medio camino entre el boliviano Arce Gómez y el dictador argentino Videla: “Es una moral invertida y prostituida la de los opositores”. Nuestro Vicepresidente bachiller se ha quedado sin argumentos y ahora acude al insulto. O a lo que su trauma puritano le parece insulto.

El dictador Videla, como si estuviera realizando una declaración de alta complejidad geopolítica, definió en 1978 el sustento ideológico de su régimen: “La doctrina de la seguridad nacionales un concepto utilizado para definir ciertas acciones de política exterior de Estados Unidos tendientes a que las Fuerzas Armadas de los países latinoamericanos modificaran su misión para dedicarse con exclusividad a garantizar el orden interno, con el fin de combatir aquellas ideologías, organizaciones o movimientos que, dentro de cada país, pudieran favorecer o apoyar alcomunismo en el contexto de laGuerra Fría, legitimando la toma del poder por parte de las fuerzas armadas y la violación sistemática de los derechos humanos”.

Sustituyendo Estados Unidos por “los Gobiernos del ALBA” y comunismo por “capitalismo”, esa definición podría constituir la doctrina de nuestro bachiller. Y así la moral plurinacional establecería su pureza ideológica y tendría un catecismo para distinguir a los opositores inmorales de los gobernantes puritanos poseedores de la verdad absoluta.

¿Qué ha sucedido? ¿Por qué el Vicepresidente bachiller acude ahora a una moral de lenocinio y olvida sus escasos argumentos? ¿Acaso calificar a la oposición de meretriz, de vender su victoria democrática por cuatro monedas, no es semejante exabrupto risible? ¿No es, en otro extremo, absurdo suponer que la oposición se sirve del recurso proxeneta para obligar a la democracia a alquilar su cuerpo soberano –como si la voluntad popular fuera una infamia y no lo que es: el restablecimiento del honor político?

El bachiller, claramente, quiere creer que la oposición se conduce como él lo hace, acudiendo a la prebenda, para que sus cada vez menos militantes convencidos alaben, hipnotizados, no racionalmente convencidos, sus elementales adjetivos.

Su pareja en la tiranía también repite su desesperación. No puede decirse, en su beneficio, que su torpeza sea una excepción. Pero acudir a las patadas en la política, ya no solamente a los rodillazos en el fútbol, es evidencia de la sensación gubernamental de marginalidad. “Aquí están viniendo a Yungas, exviceministros de ADN, de Banzer, de Goni, para confundir con talleres, seminarios. Si fuera cocalero de Yungas a chutazos sacaría de aquí, porque no tienen ninguna moral ni autoridad para seguir confundiendo”. Evo Morales, como tantas veces, pateando las palabras y la democracia.

Puede pensarse, claro, en el berrinche de los niños cuando se les niega el capricho. Que en este caso no es otro que la reproducción del poder. ¿No es una enorme paradoja que nuestro país esté gobernado por un par de niños emocionales? ¿Unos niños frustrados que no pueden aceptar que Bolivia dijo No? ¿Un par de niños que vista su reacción no están a la altura de su propia responsabilidad?

Pero debe suponerse, también, y quizá sobre todo, que los dos tiranos púberes han comenzado a definir su último mensaje: si no satisfacen nuestro capricho de eternidad en el poder nuestros progenitores democráticos deberán atenerse a las consecuencias de nuestra fuerza. Porque, sin duda, ante la carencia de ideas, la fuerza es el recurso de la tiranía.

Guillermo Mariaca Iturri es ensayista.

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