Nada es lo que parece

Los tejidos andinos y el presidente qhara

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viernes, 11 de enero de 2019 · 00:11

  Aquello que en el mundo de la modernidad se conoce como arte no ha sido capaz de dialogar con los lenguajes “estéticos” de los pueblos indígenas. Las corrientes más conservadoras limitaban esas expresiones a artesanía o folklore y las más académicas a prácticas culturales, capital simbólico o ritualidad. Lo que sucede, obviamente, es que el mundo indígena no introduce cortes sustantivos entre arte, cultura, sentidos sociales y vida cotidiana. Al no hacerlo, cualquiera de sus productos estéticos atraviesa campos que en la vida moderna tienen fronteras duras. Sin embargo, cada vez más y desde ambos extremos  se comunican, traducen y asombran los productos estéticos de todos los pueblos, tanto indígenas como modernos, tanto urbanos como campesinos. Más allá, esa relación ya ha tenido resultados combinados que, en sus mejores expresiones, podríamos calificarlos como experiencias profundamente interculturales.

Podríamos, complementariamente, afirmar que las identidades bolivianas comparten también un campo de batalla en el territorio de las artes. La nación no es sólo una batalla política, étnica, económica, social, etc. La nación es, también, algunos dirían sobre todo, una batalla estética. Porque no sólo peleamos por un país justo y con igualdad de oportunidades, peleamos, cómo no, por un país hermoso. No sólo por un país en el que todos tengan trabajo, confianza en el vecino y mínimas certezas de futuro. Sino, sobre todo, por un país en el que podamos ser bellamente felices. Por consiguiente, hay identidades estéticas diferentes que disputan un lugar en ese inmenso territorio simbólico que es el mundo de las artes. Una de esas identidades –compuesta a su vez por una enorme diversidad de expresiones– es la estética indígena andina. 

En nuestro país, las variadas estéticas indígenas continúan despojadas de valor, reducidas al ámbito de la artesanía, escondidas en un par de museos y expuestas al exotismo turístico. Con una sola posible excepción: los tejidos andinos. Leídos, estudiados, respetados, admirados y, notablemente, robados, contrabandeados, usurpados, los tejidos de los pueblos aymara y quechua son de los poquísimos remanentes de tejidos de dos caras que aún perviven en el mundo. Y como vergonzosamente no podría ser de otra manera, algunos académicos extranjeros los estudian con respeto, pero poquísimos intelectuales bolivianos, además de valorarlos, los miran con cariño.

Hace 10 años vi cómo en el Palacio de Gobierno, el Presidente –avalado por un jurado donde estaban Cristina Bubba y Verónica Cerezeda, a quienes el país debe un homenaje por su solitario y persistente trabajo– entregaba un tractor a la comunidad cochabambina de Japo, cuyo urkho había ganado el primer premio en el 1° concurso nacional de ponchos y tejidos. Ese momento viví una paradoja. Una íntima enorme entrañable alegría por esta muestra de respeto. Y al mismo tiempo una gran vergüenza por la improvisación, la precariedad, el contraste. Porque el concurso era, dicen, iniciativa del Presidente. Como las universidades indígenas antes y la escuela superior de música en Oruro o el Ministerio de Culturas después, el concurso de tejidos no tiene ni pies ni cabeza. No forma parte de una política cultural que le dé fundamento y sostenibilidad ni está integrado a una propuesta de descolonización que le dé peso político estratégico. Pero esta vergüenza no logró esquilmarme el orgullo. Ahí estaban, erguidos en toda su belleza, el urkho y 187 otros tejidos. Ahí estaba este país que no sólo es tumba de tiranos. Ahí estaba lo mejor del mundo indígena andino: esa hermosa cuna de libertades.

Sin embargo, 10 años después de esa excepción y ocho años después de que el Presidente se quitara su máscara indígena al ordenar la masacre de Chaparina, ¿no siguen siendo invisibles esos tejidos que visten tantas ancianas potosinas que piden limosna en las calles de La Paz? ¿No sigue siendo reprimido el componente indígena de nuestro inconsciente colectivo? ¿Acaso la deforestación de nuestra Amazonia y la degradación del altiplano y la cocalización de nuestro bosque húmedo más importante que mata hasta a las abejas no son, hoy, la prueba definitiva del genocidio de baja intensidad de nuestros pueblos indígenas?

Y encima tienen el cinismo de vociferar que son un Gobierno indígena. Es demasiado. Pero cuando en enero 2020 sea presidente un intelectual, a quien llaman qhara, estoy seguro de que los tejidos andinos renacerán como parte de nuestra vida y de nuestro orgullo. No en vano es el hijo de Teresa Gisbert.

 

Guillermo Mariaca Iturri es  ensayista.

 

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