Guillermo Mariaca Iturri

Muertos nos van a sacar

viernes, 01 de noviembre de 2019 · 00:12

Segundina Flores es una mujer elemental. Para ella no existen los matices, los grises, los colores, la diferencia. Para ella la política es guerra: “Nosotros tenemos la lucha armada, lucha en las calles, en las carreteras, tenemos pues esa lucha organizada, hemos llegado con la misma y vamos a defender la misma”.

Jacinto Herrera es un hombre básico. Con el argumento sofista de que los campesinos tienen derecho a un pedazo de tierra -cuando en verdad lo que están haciendo en la Chiquitania es invadir el bosque para acarrear votos y engordar tierras- pretenden hacer prevalecer sus abusos feudales y sus privilegios económicos. “Si quieren hacer desalojo a los comunarios que viven en la zona, van a tener que hacer miles de cajones, porque muertos nos van a sacar”.

Los dos dirigentes principales del mundo campesino andino creen que la política es una cuestión de vida o muerte. No un asunto de derechos, de largos procesos, de debates tantas veces interminables, de acuerdos, de pactos. Creen lo que creen porque, debe reconocerse, son buenos alumnos de sus maestros de fascismo. Están seguros de que sólo ellos tienen derechos.

Claro que lo que están confesando, en el fondo, es que ya están muertos. Muertos por obra de ellos mismos, claro, no por obra de la democracia. Muertos para la vida política que para ellos no existe porque sólo conciben la guerra, la raíz de la muerte. Ya están muertos porque la democracia forma parte de nuestra entraña histórica y de nuestra pasión nacional, y ellos se han exiliado de Bolivia.

Hace cinco años, un 13 de agosto, el presidente Evo Morales confesó su vocación autoritaria: “Hay dos diferencias, dos caminos, somos anti-imperialistas o somos proimperialistas, no hay otro camino. Cuando a mí me dicen, centro derecha, centro izquierda, no entiendo cómo va a haber centro. Aquí es como decimos, macho o hembra, no hay maricón en temas ideológicos y en temas políticos partidarios en una lucha anti-imperialista, no, así entiendo”. Hoy la profundiza con esa genocida organización del cerco a las ciudades pretextando la falacia del racismo.

Al margen de los términos elegidos para ilustrar su concepción de la política como guerra, aquí lo fundamental es reconocer el énfasis militar: blanco o negro, macho o hembra, conmigo o contra mí, con la patria o contra la patria. Pareciera el renacimiento de Hegel -aquel filósofo que Marx descalificara por idealista- en su máximo entusiasmo guerrero: “La guerra es bella, buena, santa y fecunda; crea la moralidad de los pueblos y es indispensable para el mantenimiento de su salud moral”. O la reiteración de Clausewitz: “La guerra constituye un acto de fuerza que se lleva a cabo para obligar al adversario a acatar nuestra voluntad”.

Evo Morales -qué ironía- aplicando Hegel y Clausewitz a la vida social boliviana. Flores y Herrera amenazando de muerte a la democracia. Incapaces de distinguir el conflicto democrático de la guerra fascista.

Hoy, en Bolivia, el MAS está instalando la más fría de las guerras. Pero nosotros, después de tantos años luchando contra la cultura política de la guerra, hemos aprendido que la democracia es un proceso permanente de ampliación y ejercicio de derechos bajo principios de libertad e igualdad. Acá, por tanto, expandir la política debiera entenderse como radicalizar la democracia, como profundizar la ciudadanía, como ejercer todos los derechos. Acá, expandir la política es construir una democracia directa, participativa y representativa simultáneamente. Por eso, siempre es posible desafiar la vocación autoritaria. Aún aquella que pretendiéndose expresión de cuatro dirigentes sociales nos quiere machos y hembras, no mujeres y hombres. Aún aquella política que es apenas guerra.

Hoy, la gente ha vuelto a demandar vida política y rechazar la muerte autoritaria. Hoy ha vuelto la vida democrática denunciando la muerte de la dictadura. Por eso nadie va a matar al MAS; como el MAS ya está muerto, apenas lo vamos a enterrar. Porque desde el domingo 20 de octubre nos jugamos la vida, no la muerte. La democracia, no el fascismo. La alegría libertaria, la pasión democrática, la vocación nacional.

¿Suena excesivo, parece demagógico, huele a romanticismo adolescente? Aun si les parece todo eso, hay algo entrañablemente cierto. Nada es peor que la política reducida a la guerra. Ni la peor democracia es tan mala comparada con las “mejores” promesas fascistas. Por esto, cuando el domingo 20 nos jugamos la vida democrática, a partir del día después la estamos celebrando en la resistencia cotidiana. Para que el MAS no envenene la vida con el cerco del fascismo.

Guillermo Mariaca Iturri es ensayista.

Confidencial

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