Guillermo Mariaca Iturri

La muerte de un tirano y el nacimiento de la alegría

viernes, 15 de noviembre de 2019 · 00:12

Evo Morales ha matado a Evo Morales. Cuando se hizo coronar Inca con un amauta -que resultó narcotraficante-; cuando ordenó que erigieran un museo para establecer el culto a su pretendida divinidad; cuando desconoció el resultado del 21 de febrero de 2016 y se hizo habilitar para una cuarta elección inconstitucional; cuando, ante la elección del 20 de octubre, eligió el fraude para no enfrentar la derrota. Y, sobre todo, cuando escapó del país del que prometió no huir por pura y simple cobardía traicionando así la fe que tantos campesinos depositaron en él.

La izquierda fundamentalista ha matado a Evo Morales. Cuando le prometió que sería el heredero del tirano isleño del siglo XX. Cuando sustituyó la política por la guerra convirtiendo a los adversarios en enemigos. Cuando construyó una falaz máscara indígena para un campesino cocalero que ni habla ni siente ni cree en los valores del mundo indígena. Cuando convirtió en mercenarios a los dirigentes sindicales -habían sido baratos- para quebrar una extraordinaria tradición de lucha. Cuando lo convenció -fue fácil por su pulsión autoritaria- que merecía que le amarren sus calzados. Cuando convirtió la guerra de baja intensidad contra la oposición -la judicialización de la política- en un temor cotidiano. Y, sobre todo, cuando hizo del mito de la liberación colonial un fraude histórico.

La mafia de la cocaína y los extractivismos agroindustrial y minero han matado a Evo Morales. Cuando destrozó nuestro mayor bosque húmedo convirtiéndolo en una plantación gigantesca de coca que únicamente sirve para la producción de cocaína y todos los tráficos que eso conlleva. Cuando legalizó el uso de los peores transgénicos y autorizó la expansión irresponsable de la frontera agrícola depredando nuestros bosques para culminar incendiando la Chiquitania. Cuando convirtió a Bolivia en 1.700 reservas privadas de cooperativas mineras que envenenan nuestros ríos y exportan el oro y otros minerales sin dejar nada en el país.

La seducción del consumo ha matado a Evo Morales. Cuando malgastó la enorme fortuna del gas facilitando fortunas personales para alimentar la peor historia de corrupción que ha vivido Bolivia. Cuando pretendió comprar la conciencia popular con espejitos de colores -canchas de fútbol y demás mamarrachos- reproduciendo los vicios de la condición colonial. Cuando destrozó nuestra producción agrícola campesina obligándolos a migrar a las periferias urbanas y haciendo de la precariedad informal y el contrabando una fuente de sobrevivencia solo para el día siguiente.

El conformismo político ha matado a Evo Morales. Cuando el MAS creyó que su caudillo era inmortal. Cuando los otros partidos de nuestro precario sistema creyeron que era invencible y había que disputarle apenas unas migajas parlamentarias. Cuando el MAS y los demás decidieron vivir del discurso del anacronismo: los vendepatrias han sido derrotados vs. el MAS es la representación del socialismo. Cuando nuestro sistema político, incapaz de diseñar una visión de país que enamore a la gente, se refugió en la gestión o en la crítica a la gestión.

Hubo una vida, sin embargo, que fue la que verdaderamente mató a Evo Morales. Todas las demás causas de su muerte son causas que lo mataron porque Evo Morales, poco a poco, fue cómplice de su propia muerte. Causas que son, apenas, un homicidio político. No son semilla de renovación, de renacimiento, de la vida que nace de la muerte. Esa vida, la que verdaderamente lo mató, es la vida que anuncia un nuevo mundo político.

 La vida política de la calle ha matado al peor representante de la exclusión. Porque la política, el trabajo por el bien común, es responsabilidad de todos y no monopolio de unos cuantos. La vida política de la calle -ese festejo de la participación que fueron los cabildos grandes, medianos y pequeños, mañana, tarde y noche- condenó a la banalidad a la representación que no representa.

La vida política de la ciudadanía ha matado al peor representante de la política como monarquía. Porque la democracia, el gobierno del pueblo por el pueblo para el pueblo, debe fundamentar la legitimidad de las decisiones. 

Hemos sido los ciudadanos quienes hemos hecho posible el renacimiento de la política desde el primer 21F. Hemos sido los ciudadanos los que organizamos la resistencia democrática en nuestras calles desde el 21 de octubre. Seremos los ciudadanos los que, en este nuevo siglo, haremos de la política parte ineludible de nuestra vida cotidiana para que nunca más la usurpación monárquica nos despoje de la vida política.

La democracia de la calle y la política ciudadana hemos terminado de nacer. Y vamos a convertir a este nuestro mundo en un mundo hermoso. En un mundo en el que la política sea un festejo de la democracia.

 

Guillermo Mariaca es ensayista.

 

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