Guillermo Mariaca Iturri

Resolana para un hombre cobarde

viernes, 29 de noviembre de 2019 · 00:11

Todos sabemos que has huido. Incluso los pocos que persistían enamorados. Incluso mi viejita que lloró con una primera lágrima desgarrada, una segunda triste, una tercera traicionada. Esta, la tercera, es la que más duele. Porque aún los pocos que sabíamos que jamás habrías podido encarnar a la hija predilecta -los que, sin embargo, como el Filipo, quisimos creer que era posible sabiendo que no era necesario-, cerrábamos los ojos, mirábamos a un lado, contemplábamos cómo la chompa a rayas le daba la mano al rey de España fuera de todo protocolo. Difícil no hacerlo si finalmente éramos iguales siendo nosotros mismos.

Tus grillos -esos que son, apenas, insectos bulliciosos que se han deseado profetas del éxodo a la tierra prometida de las monarquías perdidas, también huidos bajo tus polleras- te han estafado. Nadie odiaba al indio. Ni nadie te amó -¿es acaso posible amar a quien se hace amarrar los calzados?-, pero fueron muchos los enamorados.

 Por eso, cuando insistes en que racistizamos al indio presidente estás apenas confesando -en tu único momento de lucidez emocional- que cada mañana que amaneces te miras al espejo porque no tienes ojos para nadie más que tu propia cara conocida. Nunca, pero nunca, miraste a mi viejita -que es tantas- que estos días te ha llorado con tres lágrimas.

¿Será el delirio contigo mismo otra explicación de tu huida? Tus estafadores estridulantes te convencieron de que eras el héroe de Vietnam y el abanderado de la Pachamama, mientras el socialismo del siglo XXI y el vivir bien servían para enmascarar el tráfico de cocaína desde Chimoré y el tráfico de oro desde la serranía San Simón y el tráfico de tierras en la Chiquitania.

 Mientras tú y tu espejo, sucio del cerco contra mi propia viejita que te lloraba -traidor, ojalá te pudras en el noveno círculo del infierno-, tomabas vodka con naranja amenazando, impotente, a tus espectros en la entrevista con Gerardo Lissardy. Mientras tú, obsesionado con tu espejo, ordenabas a Faustino Yucra cercar a mi viejita que reunía en su primera lágrima la perdida esperanza de un mundo que no supo volver a encender la tea porque tú negociabas tu presunta indianidad con nuestro sudor.

¿Será el soborno del cordero -lo cuentas sin vergüenza, desalmado, ojalá te devores para siempre en el noveno círculo del infierno- la razón de tu huida? El amauta narcotraficante que te coronó sabía, como tú, que para ser emperador isleño tendrías que asaltar el cuartel Moncada para resultar absuelto por la historia. Pero lo único que asaltaste fueron las arcas del Estado para llenar tu zoológico de elefantes azules que jugaran fútbol mientras tú volabas a los mundiales. 

Y sobornabas a diestra y siniestra, al capital financiero y a los movimientos sociales. Mientras mi viejita, en su segunda lágrima, entristecida porque nunca serías Maradona con barba, miraba de muy lejos el museo de tu extinción.

¿O serás simplemente tú, Evo, el presidente de las cenizas, el huido, el después de mí el abismo? ¿El que pretendió decretar la perpetuidad de la tragedia climática destruyendo el bosque chiquitano? ¿El que, al modo Melgarejo, entregó los parques nacionales y las reservas naturales a la voracidad colonial de sus acólitos cocaleros y sus cómplices empresarios depredadores desde aquí hasta la China? 

¿El que quemó la Alcaldía de El Alto? ¿El del Tipnis, el del Hotel Las  Américas, el de Porvenir, el de los esposos Andrade? ¿Por venganza, por resentimiento, por mezquindad, por cobardía? 

¿Porque una mujer material, concreta, y otra, y otra, y todas reunidas en la matria, te desafiaron y te derrotaron en la más extraordinaria resistencia ciudadana desde la Coronilla? ¿Y tú, el más macho, no pudo tragarse su vanidad y agachar la cabeza y pedir perdón y atado a tus caballos te descuartizaras como Tupaj Katari porque sólo así la tercera lágrima de mi viejita te podría perdonar y entonces todos juntos, al son del Taki oncoy, hubiésemos bailado en las tierras del cielo?

Ojalá, tú, cobarde, traidor, desertor de la vida, te quedes congelado en el noveno círculo del infierno. No mereces la resolana que mi viejita te canta desde mi más honda memoria.

PD Escuchen, por favor, esta canción.  https://www.youtube.com/watch?v=Szk70Hy4oIg

 

Guillermo Mariaca Iturri es ensayista

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