Guillermo Mariaca Iturri

Río revuelto

viernes, 08 de noviembre de 2019 · 00:08

Un río revuelto es una anomalía política. El poder ya no fluye de arriba a abajo. La violencia de las aguas deja de estar contenida por su cauce. Y, sobre todo, la crisis histórica que origina la revuelta de las aguas amenaza con alterar la desembocadura. El río podría ya no culminar en el mar para reproducir la lluvia democrática, sino en el desierto de un Estado inviable.

El curso superior de nuestro río democrático nació en la cordillera de 1952. El líder que imaginó su curso fue el mismo que, seducido por su idea, creyó que era imprescindible. Supuso que la igualdad de derechos políticos -el voto universal- debía ser suficiente para uniformar el país. Supuso que el río debía obedecer su voluntad de homogeneidad mestiza y moderna, deseó que la montaña insurreccional era una cordillera revolucionaria y terminó uniformando con la fuerza la violencia de las aguas que nacieron.

  Lo que nunca entendieron los cultores de la fuerza de 1964 es que las aguas democráticas, una vez paridas en su naciente, encontrarán siempre su cauce. No habrá represa que las detenga -sobre todo si la naciente de la insurrección del 9 de abril no tuvo tuvo tiempo de hacerse revolución programática- ni que domestique su viaje libertario.

Pero los tres cauces del río -el voto universal, la nacionalización de las minas y la reforma agraria- sintieron que eran tres cuencas independientes y no afluentes que deberían culminar en un delta federal o un estuario nacional. Por eso, en 1982, cuando nuestro río alcanzó su curso medio a pesar de las dictaduras que pretendían evaporarlo en su desierto autoritario, sus aguas ciudadanas intentaron reunir las tres corrientes. Pero la igualdad, la industrialización y la mestización tenían pendientes con tanta inclinación que hacían que los conflictos sean muy intensos. De ahí que los tres sedimentos no pudieron evitar las erosiones ni acumular los necesarios nutrientes democráticos; de ahí que cada corriente compitió con las otras para convertirse en la única que diera cauce homogéneo al río de tanta diversidad.

Hasta 2005. Las graves limitaciones y los errores de dos afluentes hicieron que el tercero en discordia pretenda convertirse en río único. Los sedimentos coloniales confiaron en que su trauma con el desarrollo y la modernidad serían suficientes para que las otras corrientes se disolvieran en sus culpas de racismo y oligarquía. Pero su degradación monárquica y su depravación de capitalismo salvaje revelaron que tampoco el sedimento colonial había logrado trascender su trauma.

Hoy sabemos que las tres corrientes son respuestas a nuestros traumas históricos. El colgamiento de Villarroel intentó que el río nacional no nazca, pero cuando la montaña congelada de 1952 comenzó a diluirse su curso fue imparable. Estamos todavía en el curso medio, en aquella situación en la que el río nacional no ha alcanzado su curso definitivo. Cómo resolvamos la competencia entre las tres corrientes nos conducirá al curso inferior con forma de delta o estuario.

Aunque todavía no puede ignorarse el riesgo del río que se pierde en el desierto convertido en Estado inviable. Ni el otro, ese río ‘yazoo’ tan peculiar que de tanto separarse del cauce principal no desemboca pero tampoco desaparece; el río kurdo, el río gitano, el río sin curso.

El MAS pretende que su evidente fracaso no lo conduzca a convertirse en enterrador de esa extraordinaria corriente histórica que podríamos llamar postcolonial. Quizá por eso varios de sus estériles dirigentes quieren secar el río nacional para enterrar a las otras corrientes en la sepultura de su ignominia. Claro que como nunca han sido gente de río, no saben que el nuestro es abundante, que los caudales del curso medio seguirán su descenso por la cuenca de nuestra historia.

No saben que un río revuelto no es ganancia de pescadores oportunistas. No saben que un río revuelto es un río sano, fuerte, caudaloso. Y que si aún no ha alcanzado su definitivo curso inferior, sus aguas nacidas en la montaña ya alimentan sus llanuras con la sedimentación democrática. El río no se cansa. El río no se rinde.

Guillermo Mariaca Iturri es ensayista.

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