Guillermo Mariaca

El juicio de responsabilidades y la democracia

viernes, 27 de diciembre de 2019 · 00:12

Cada día conocemos más casos de corrupción estatal. Y todavía falta mucho. Sobre todo, porque la corrupción era generalizada y contaminaba todos los poderes del Estado.

La corrupción estatal, claro, estaba acompañada por la degradación social. Era algo así como una complicidad de baja intensidad. Se sustentaba en la convicción temerosa de que el poder del Estado era un poder absoluto. Y, por tanto, en que si denunciabas te perseguían y sancionaban o en que si te negabas al soborno te marginaban y te hundían.

Mientras más conocemos, más nos amargamos. La razón está siendo desplazada por las sensaciones del pus que estamos comenzando a limpiar. Dentro de las heridas la gangrena del resentimiento penetraba los nervios y los huesos sociales. 

La Segunda Guerra Mundial fue resultado de una profunda degradación moral que pretendió ensuciar el conjunto de la razón ilustrada y envilecer la conciencia hasta el conformismo más humillante. Los sonderkommando de las cámaras de gas sintetizan una experiencia que no alcanzó a ser comprendida ni juzgada en los tribunales de Nüremberg. 

En una dimensión mucho más modesta, los 14 años del régimen del MAS pretendieron lo mismo. Precisamente por esto, porque también nosotros sobrevivimos con nuestros sonderkommando, debemos juzgar ese ejercicio tan profundamente extendido de vigilancia y castigo realizado por nosotros mismos.

El MAS fue un régimen autoritario que deseó convertirse en un régimen fascista. Intentó convencernos de que las clases medias éramos racistas y debíamos ser expurgadas de ese trauma, y de esa vergüenza. Pero en un país en el que después de la victoria moral de Túpac Katari y la victoria política de 1952 el racismo no era moralmente posible, el fascismo era la profecía de su propio fracaso. 

Los sonderkommando del MAS fueron las dirigencias de los movimientos sociales. Las cámaras de gas de nuestra moralidad fueron la corrupción y el narcotráfico. Nuestro partido nazi/estalinista fue el MAS. Pero la historia no se repite y, sobre todo, no se copia.

La marcha del Tipnis, la victoria del 21F, la marcha de los discapacitados  eran la prueba de que el fascismo no formaba parte de nuestros genes políticos y que esas fueron las fuentes de un potente mecanismo de defensa de la democracia. La rebelión ciudadana contra el fraude fue la demostración de que las clases medias no se habían convertido en el huevo de la serpiente y pudieron sostener la fe democrática inclusive sobre sus propios miedos, complejos y vergüenzas.

Pero, si el fascismo es inviable porque entre nosotros se ha demostrado inconcebible, ¿hay alguna razón sustantiva para desechar un juicio de responsabilidades? ¿Sería ese juicio, venganza, o crueldad, o regodeo en el sadismo social? ¿O un ejercicio políticamente estéril porque su resultado no contribuiría a sembrar democracia?

Aun si el fascismo no formara ni formare parte de nuestra conducta política, el juicio de responsabilidades al régimen del MAS es moralmente imprescindible. Sustento esta necesidad en la reflexión de Hanna Arendt: 

“El factor inquietante en el éxito del totalitarismo es más bien el verdadero ‘altruismo’ de sus seguidores. Puede ser comprensible que un nazi o un bolchevique no se sientan flaquear en sus convicciones por los delitos contra las personas que no pertenecen al movimiento o que incluso sean hostiles a éste; pero el hecho sorprendente es que no es probable que ni uno ni otro se conmuevan cuando el monstruo comienza a devorar a sus propios hijos y ni siquiera si ellos mismos se convierten en víctimas de la persecución, si son acusados y condenados, si son expulsados del partido o enviados a un campo de concentración. Al contrario, pueden incluso mostrarse dispuestos a colaborar con sus propios acusadores y a solicitar para ellos mismos la pena de muerte con tal de que no se vea afectado su estatus como miembros del movimiento”.

Si una de las primeras acciones del próximo poder legislativo no fuera el juicio de responsabilidades al régimen del MAS, no sólo no estaríamos sembrando nuestra nuevamente incipiente democracia, sino estaríamos exponiendo a la generación del bicentenario a la ceguera histórica y la impotencia política. Si no inauguramos la democracia con una pedagogía democrática sustentada en unos parlamentarios moralmente intachables, nos quedaremos con la sensación de que la rebelión ciudadana fue un gesto de revancha de las élites. 

Si, finalmente, no juzgamos al MAS por su lapsus fascista, no estaremos refundando nuestra democracia sino promoviendo el retorno de la serpiente en los términos de Arendt: “Las soluciones totalitarias pueden muy bien sobrevivir a la caída de los regímenes totalitarios bajo la forma de fuertes tentaciones que surgirán allí donde parezca imposible aliviar la miseria política, social o económica en una forma valiosa para el hombre”.

 

Guillermo Mariaca es ensayista.

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