Nada es lo que parece

El fin de la historia

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viernes, 08 de febrero de 2019 · 00:11

Las revoluciones modernas europeas comenzaron como delirios. El horizonte de la revolución política francesa y de la revolución industrial inglesa deseaban alcanzar al conjunto de la humanidad. Más tarde, lemas como tomar el cielo por asalto o la sociedad sin clases permearon el siglo XX. Las tres revoluciones modernas de América Latina, en cambio, diseñaron sus caminos como promesas modestamente locales.

Quizá porque nunca construyó un lugar en el mundo y apenas se redujo a su mirada de tribu depredadora, en nuestro caso, la sociedad boliviana siempre estuvo atravesada por la violencia que buscaba la eliminación simbólica del otro: primero de los pueblos indígenas, después de los mineros, después del mundo cholo, hoy, nuevamente, del mundo indio.

Su base fue el vaciamiento del diferente como persona. Por eso, el largo trabajo por implantar la democracia tenía que ver, sobre todo, con la cancelación de la comprensión de la política como guerra. Así, las alternativas políticas serían alternativas, no enemigas, y la resolución de los conflictos no apelaría a la eliminación física o simbólica, sino al diálogo, al debate y a la elección que comparte espacios de poder.

En 2005 comenzó, supuestamente, el fin de nuestra historia, de la única que vivimos, el fin del largo ciclo del nacionalismo revolucionario. Pero el 2005 no pudo ser el inicio de un fin. Los viejos y los nuevos movimientistas son ahora una sola y misma cosa. Los nuevos viven y perpetúan el mundo producido por los viejos sin ejercer ninguna de sus virtudes, asumen el poder del voto y no la legitimidad de la democracia, afirman que la alternativa política es un pueblo enfermo –lo llaman neoliberal– que sólo roba, miente y engaña. Pretenden que su discurso y su vocación por la amenaza –no las acciones ni la visión– sean la fuente de eterna juventud partidaria.

 Por eso, las penosas declaraciones del régimen y sus acciones electorales han terminado por demostrar que, desde su perspectiva, cuando el pueblo los derrota, ese pueblo se convierte en un pueblo enfermo. Evo Morales y Álvaro García son las dos caras del Alcides Arguedas del siglo XXI. Ya no somos la tradición Katari, la tea encendida de la emancipación, la leyenda minera socialista. Ahora el pueblo opositor somos el pueblo enfermo, el enemigo al que hay que exterminar transformando su territorio político en campo de concentración.

Esos reaccionarios están saltando del autoritarismo al fascismo como resultado de una autorización política que hace del derecho al odio y a la eliminación del otro un sentido común: estoy autorizado a matar a aquel que es diferente a mí. Simbólica, jurídica y políticamente, hoy. Mañana, físicamente.

Pero hay más. Y más es la pérdida final, la caída al abismo. Ama sua, esa reserva moral de la nación, es ahora otro vulgar latrocinio. Ama quella, esa leyenda del trabajo, es ahora la máscara del tráfico. Ama llulla, esa fuente de autenticidad, es ahora la estafa, la manipulación y la amenaza. Porque el proceso de cambio no fue jamás proceso de cambio, sino proceso de restauración colonial. Quizá porque tantas revoluciones son apenas una farsa, los pretendidos enterradores del 52 habían sido, apenas, nuestros kharisiris.  Como dirían ciertos ancestros: muertos en vida que vagan devorando seres humanos. Como dicen nuestros hijos: vampiros que quieren chupar, por el resto de la larga noche autoritaria, sangre ciudadana. Como ahora sabemos porque lo miramos día a día: una legión de corruptos que pretende huir del fin de su historia para no habitar su propia sepultura.

 

Guillermo Mariaca es ensayista.

 

Confidencial

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