Nada es lo que parece

El déspota, sus vasallos y sus siervos

viernes, 08 de marzo de 2019 · 00:11

Érase una vez un déspota que reinaba en su bosque húmedo. (Aunque, en verdad, todos sabemos, reinaba contra el bosque). Mientras tanto, en el territorio compartido por otros señores feudales, sus vasallos y sus tribus, las disputas por el poder llegaron a un empate catastrófico en el campo de batalla de las tierras altas. 

En ese momento, esos señores feudales con sus fronteras vulnerables y sus respectivas milicias mercenarias agotadas decidieron retirarse a gozar de sus respectivos años sabáticos, dejando a sus vasallos la responsabilidad de definir nuevas fronteras. Como tampoco los vasallos pudieron acordar las reglas de la tregua, decidieron que fuera el azar del destino electoral el que establezca los nuevos territorios y los nuevos privilegios.

 (Aunque, en verdad, todos sabemos, ninguno de los señores feudales, ni el gringo ni el ancestral, querían hacerse cargo de gobernar la irracionalidad de las varias tribus. Ni el extractivismo reglamentado ni el racismo exacerbado eran fuerza de contención suficiente).

El déspota del bosque húmedo encontró, entonces, su oportunidad. Construyó inmediatamente un pacto de apoyos y fidelidades mutuas con los vasallos resentidos de los dos mayores señores feudales que hasta entonces encarnaban la encrucijada. Aprendió a volar en helicóptero para que los modernos testimoniaran cuán alto volaba y aprendió a ser coronado para que los ancestrales se convencieran de cuán indio de tierra adentro era. 

Y entonces, bien asentado en su sillón monárquico, hecho al indio moderno, procedió a la felonía. Nótese, felonía, no traición. (Aunque, en verdad, todos sabemos, los vasallos resentidos estaban resentidos con sus particulares déspotas pero no con sus privilegios).

El nuevo déspota, que a esas alturas del despotismo ya se había convertido en único, ordenó a sus siervos del bosque húmedo acumular capital para los inevitables años de vacas flacas que sabía que iban a llegar aún si proclamaba a los cuatro vientos que él, el déspota supremo, era eterno. 

Rompió el pacto de relativa igualdad con indios y modernos, comenzó a exterminar a los primeros obligándolos a migrar a las urbes, y sancionó las veleidades liberales de los segundos con impuestos e imposiciones. Legalizó el cultivo cocalero para el narcotráfico, asegurando a sus siervos que la fuente de riqueza no estaba sobre todo en la propiedad de la tierra, sino en las narices de los consumidores del norte. 

Los siervos del bosque húmedo, felices con sus piedras de colores, cumplían religiosamente el derecho de pernada -nótese cuan auténticamente feudales son en pleno siglo XXI- con el déspota supremo; esquilmaban las tierras y contaminaban las aguas del bosque húmedo para saciar la sed vampírica de la hoja sagrada -nótese que de sagrada tiene sólo la máscara de ancestralidad-, y pagaban su tributo para honrar el pacto y no verse agredidos con una nueva felonía del felón supremo. 

(Aunque, en verdad, todos sabemos, y los siervos del bosque húmedo también, que como parte de su tributo va a la alforja siempre hambrienta de los mercenarios de la isla que cuida las espaldas de su nunca suficientemente bien ponderado déspota supremo, la última felonía es muy improbable).

Sin embargo, todos sabemos, que inclusive el déspota supremo no puede reducir el mundo a su bosque húmedo cada vez más desertizado. Aún si su vasallo tribal más llunku ofrezca ampliar el derecho de pernada a ministros y otros personajes de la fauna del poder. 

Aún si la Fuerza Especial de Lucha Contra el Narcotráfico (FELCN), por error, como no podría ser de otra manera, descubre una avioneta y se ve obligada a defenderse matando a un traficante, obligando al vasallo ministerial a producir una milésima nueva versión de un discurso antimperialista -el narco muerto era apenas una excepción en el prístino bosque húmedo-.

 Aún si el mercado de la blanca y el blanqueamiento de los verdes esté asegurado con los mercenarios de la isla y sus últimos dos acólitos de éstos cada vez menos solitarios cien años de soledad. El mundo es el mundo. Y a los enormes monarcas del mundo les cae mal un minúsculo déspota Presidente de las seis federaciones de cocaleros del Chapare que ostenta la blanca y no respeta las reglas de la buena educación y los insulta cada que puede.

En el feudo boliviano la reserva señorial del bosque húmedo está cada vez más amenazada por el crecimiento demográfico de los siervos, las demandas de los mercenarios y la emergencia de unos nuevos personajes ciudadanos, impensados por el déspota, que le reclaman sumisión a la ética. Qué paradoja. Ya le han advertido. Hasta la blanca tiene límites.

 

Guillermo Mariaca es ensayista.

 

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