Nada es lo que parece

Huarachi, el enterrador

viernes, 17 de mayo de 2019 · 00:11

La Central Obrera Boliviana ha muerto hace tiempo. Pataleos más o pataleos menos, ya ni su más íntima clientela la reconoce. Claro que una cosa es estar muerto y otra cosa es estar enterrado. Al muerto lo velas, al enterrado lo olvidas.

Juan Carlos Huarachi, el secretario Ejecutivo de la COB, ha asumido con entusiasmo la vergüenza del último gesto. Pedro Montes –en dos ocasiones secretario ejecutivo– fue el verdugo que vendió el alma de la COB al dueño de las prebendas. Recién elegido en 2006 repitió el catecismo de Lechín: “La COB no puede ser cogobierno, debe ser independiente”. Muy poco tiempo después –ya comprado– afirmó: “Evo Morales desde ahora se convierte en el comandante de nuestro país”.

 Desde entonces la gran mayoría de la dirigencia de la COB estuvo de acuerdo en venderse; mineros, fabriles y otros obreros por prebendas; los campesinos por el enorme patrimonio que era el Fondo Indígena; el resto, por migajas.

Hoy, sin embargo, la COB no tiene nada que vender. En una economía informal que ronda el 65%, con precios bajos de gas y minerales, y con la invasión de mercadería china que ha destrozado nuestra microindustria, su capacidad de movilización no tiene consecuencias. Huarachi, por tanto, no puede vender un muerto. Tiene que enterrarlo. Y cobrar por el servicio: “Como dirigentes nacionales, departamentales, regionales, sindicato, lo primero es lo primero, el binomio Evo-Álvaro, lo segundo, compañeros, es el país, es el pueblo, creo que en ese lineamiento tenemos que trabajar y plantear nuestras necesidades”.

¿Cuál es el lugar de los trabajadores hoy y cuál será en un mañana que nos invade cada día más aceleradamente? ¿Existirá todavía mañana esa marcada jerarquía entre patrón y obrero, entre empresario y trabajador? ¿Acaso los ámbitos laborales de mañana no serán la gestión de la huella ambiental, de la huella digital y de la paradójica huella del futuro? Encarar esos enormes desafíos para protagonizarlos y no quedar secuestrada por la impotencia de sobrevivir al margen del mundo es algo que la COB del proceso de ‘cambio’ no pudo imaginar.

Por eso, porque ya estaba muerta, se vendió barata y se enterró sin marchas fúnebres. Por eso, porque no comprende que el poder ya no radica en el salario, sino en la imaginación, ha dejado de existir aquella institución que fuera custodia de nuestra vieja democracia. Huarachi, por tanto, es apenas el último trompetista  de una banda sin instrumentos que ha olvidado las notas de los boleros de caballería.

Que el binomio ilegítimo reciba ese último acto servil como un homenaje es, por otra parte, la revelación de que tampoco el MAS entiende que su lugar en la historia boliviana lo comparte en la misma sepultura de la COB. Seguramente por esto, porque están muertos, su campaña es apenas guerra sucia, y en su congreso de Llallagua las sillas vuelan porque los muertos no se sientan, se entierran.

Huarachi, el enterrador, tiene una vida corta. Dura lo que dura un entierro. Ese cadáver –la COB y el MAS– huele mal y hay que apurarse. Huarachi, claro, no es Vallejo (“Entonces todos los hombres de la tierra le rodearon; les vio el cadáver triste, emocionado; incorporóse lentamente, abrazó al primer hombre; echóse a andar…”); no sólo porque no lo podría leer, sino porque no podría imaginar un mundo hermoso. El secretario ejecutivo de la COB apenas tiene la estatura de un sepulturero que después de su última labor ha perdido el trabajo.

 

Guillermo Mariaca Iturri es ensayista.
 

 

280
5

Otras Noticias