Nada es lo que parece

La escuela, la niña y el tirano

viernes, 31 de mayo de 2019 · 00:11

Los 397 habitantes de Chapimayu fueron testigos de su propia ignominia. Y ninguno pudo responder a la altura mientras el canal oficial pedía aplausos a la niña que, dijeron, “con lágrimas en los ojos por ver a nuestro Presidente” se había arrodillado.

Una niña, estudiante de una de las 37 escuelas que existen en el municipio de Monteagudo, Chuquisaca, se arrodilló el martes 21 de junio ante el presidente Evo Morales, durante la inauguración de una obra, para pedirle la construcción de una escuela en su comunidad. “Mi escuelita querida, olvidada, la más viejita de todas, pero siempre será recordada. Con más de 50 años de vida, pero no perderemos la esperanza de que los sueños sí existen y que algún día nos la construirán”. De rodillas ante el mandatario, le dijo: “Señor presidente Evo Morales Ayma, te pido con mucha tristeza… reclamo mi escuelita”, y rompió en llanto.

El Presidente, intuyendo -después de tanto culto a sí mismo- que podría enfrentar un nuevo vendaval de humillaciones, la tomó de la mano izquierda e intentó levantarla. Pero continuó sentado, mientras a su derecha y a su izquierda sus acólitos aplaudían la humillación. Cuando la niña se puso de pie,  entregó el proyecto de construcción de la escuela y aún con lágrimas abrazó a Morales.

Antes de que la niña empezara con esa penosa puesta en escena se oyó decir a una mujer mediante un altavoz: “Bienvenido señor Presidente a Monteagudo, la gente de Chapimayu te pide la construcción de un aula educativa”. Después de la humillación de la niña, el Presidente respondió: “Seguramente faltan atenciones pequeñas, medianas, como hace un momento pedían una escuela en Chapimayu. Seguramente faltan, pero también estamos con grandes inversiones, no sé cuantas unidades educativas hemos construido en Monteagudo, muchas vamos a seguir construyendo”. 

Pero no pudo consigo mismo y reiteró su acostumbrada tiranía: “Esperamos hermano alcalde terminar el estadio. Voy a venir a jugar. Si pierden, ni una obra más; si ganan, primero empezamos con la escuelita en Chapimayu”.

Una semana después, la Dirección Distrital de Educación anunció que sancionaría al director y a la profesora que armaron el espectáculo. Pero, obviamente, no mencionaron al canal gubernamental, al muy alegre Gobernador, al repetido delito de utilizar niños en su campaña política, ni al tirano que, como tantísimas veces, hace ostentación de un dinero que no es suyo. Claro, el daño, además reiterado, ya estaba hecho. Y el culto a la personalidad expandía una vez más su idolatría en el canal público de televisión. 

Un tirano es aquel que cree que encarna la verdad. Y que, por ese dogma de fe otorgado “teológicamente” a sí mismo, se asigna el derecho de demandar que lo adoren. La escuela y la niña lo saben y obran en consecuencia. No en vano nuestro penoso tirano lo exigió hace bastante tiempo: “Pedí a la Ministra de Comunicación que haga un librito de todas las poesías que hemos escuchado, algunas son composición de los mismos estudiantes, felicito esa iniciativa”.

No en vano, con un gesto, hizo que le amarraran los huatos. No en vano, porque todos sus acólitos así se lo hacen saber y, sobre todo, se lo hacen sentir: él, Evo Morales, es infalible.

Todos los tiranos son tiranos. Abusan del poder; construyen las condiciones para reproducirlo por encima de la ley; demandan el culto a su persona; hacen saber que son infalibles.

Pero no todos los tiranos son iguales. La diferencia no tiene que ver sobre todo con cuestiones de carácter o con su extracción social o con el uso del populismo. La diferencia tiene que ver con el cariño o con el respeto. Hay tiranos a los que el pueblo, por encima de su humillación, quiere porque siente su paternalismo. Hay tiranos a los que el pueblo respeta porque, por encima de su vergüenza, los teme.

Parece una contradicción que a un tirano se lo quiera o se lo respete, pero es algo que suele suceder al principio de la tiranía, porque el tirano tuvo la capacidad de responder alguna íntima demanda popular largamente ignorada. Sucede, sobre todo, cuando el tirano se hace querer apelando a la mítica figura del padre. Es el caso de Evo Morales. Se ha construido como padre. Será derrotado porque fue un mal padre.

Para esa niña el futuro que deseaba promesa se reveló como amenaza. Quizá por eso, al verla tan de cerca, encarnada en el tirano, su puso a llorar. De terror, abrazada a su terror.

 

Guillermo Mariaca es ensayista.

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