Guillermo Mariaca Iturri

La mano que mece la cuna

viernes, 12 de julio de 2019 · 00:11

Los seres humanos, todos, somos capaces de los más grandes sacrificios para proteger a nuestros hijos. El símbolo de ese cuidado, desde que las cunas existen, es la mano que mece la cuna. La mano que cuida lo más valioso que tenemos: la vida que encarna nuestro legado.

Hace trece años los bolivianos elegimos que la mano del MAS meza nuestra cuna. Sin embargo, como en la película de terror que presta su nombre a esta columna, el resultado es una tragedia.

La mano del MAS ha demostrado ser la más corrupta de toda nuestra historia. Ha robado una enorme cantidad de dinero. Ha malversado otra gigantesca cantidad: https://www.paginasiete.bo/opinion/raul-penaranda/2019/5/19/abecedario-de-la-corrupcion-del-mas-218445.html. Y, sobre todo, ha desperdiciado una extraordinaria oportunidad económica que le llegó caída del cielo global de los precios de mercancías malgastándola en elefantes muy poco blancos (https://www.paginasiete.bo/opinion/raul-penaranda/2019/6/2/abecedario-de-los-elefantes-blancos-de-la-era-de-evo-219875.html). 

La mano del MAS ha probado, también, ser la mano más autoritaria de nuestra historia democrática. Su desprecio por el resultado del 21F es, ciertamente, mucho más grave que un golpe de Estado. Porque un golpe es, apenas, la reacción estéril de los impotentes ante la vocación democrática del pueblo. El desprecio por el 21F, en cambio, reitera nuestra historia de aquella violencia que buscaba la eliminación simbólica del otro: primero de los pueblos indígenas, después del mundo cholo, ahora de la clase media. Su sustento es el vaciamiento del diferente como persona.

Por eso, el largo trabajo por implantar la democracia tiene que ver, sobre todo, con la cancelación de la comprensión de la política como guerra. Así, las alternativas políticas serían alternativas, no enemigas, y la resolución de los conflictos no apelaría a la eliminación física o simbólica sino al diálogo, al debate y a la elección que comparte espacios de poder. 

De ahí que afirmar que la alternativa política es un pueblo enfermo que sólo roba, miente y engaña y que esa afirmación esté convirtiéndose en legítima, es la condición necesaria para que suceda el salto del autoritarismo al fascismo. El otro, para el MAS, es el enemigo al que hay que exterminar transformando sus territorios políticos en campos de concentración.

Sería muy difícil que esa “autorización” política no transformase la conducta democrática en acción fascista y, más grave aún, que no se expandiese a otros ámbitos de la vida social. El derecho al odio y a la eliminación del otro se están transformando en sentido común: estoy autorizado a matar a aquél que es diferente a mí. Simbólica, jurídica y políticamente hoy. Mañana, físicamente: https://www.eldeber.com.bo/bolivia/Dirigente-advierte-que-no-permitiran-a-opositores-entrar-al-Norte-Potosi-los-kataris-los-envenenaran-20190623-0005.html.

¿En qué momento la opinión, la acción, o las opciones del otro, del cual divergimos, se transforma en la imposibilidad de soportar que ese otro exista?  ¿Qué sucede en una sociedad cuando las máximas autoridades demandan eliminar la existencia simbólica y política del otro validando la supresión de sus derechos fundamentales? ¿Qué implica rebasar el límite de la intolerancia hasta que las otras opciones políticas sean sólo consideradas la encarnación del mal?

Julio de 2018: “Los vamos a perseguir, enjuiciar y se tienen que ir de Bolivia, porque no vamos a permitir conspiraciones que dañen la imagen del Presidente”.

Septiembre de 1980: “Todos los elementos que contradigan al decreto ley tienen que andar con el testamento bajo el brazo, vamos a ser taxativos y no va a haber perdón”.

1868: “Sepan todos los honorables señores diputados que la constitución de 1861, que era buena, me la metí en este bolsillo y la de 1868, que es mejor, ya me la he metido en este otro. Y que nadie gobierna en Bolivia más que yo, y el que manda, manda, y cartuchera en el cañón”.

Siglo y medio después de Melgarejo, ¿seguimos igual? En verdad, no, estamos peor. Porque la mano que mece la cuna de la nación no se reduce al tirano. Es, ahora, la mano que ha hecho del poder su fetiche y del instrumento partidario su único horizonte. Ha pervertido un proyecto de país hasta encanallarlo a mero pretexto de sus latrocinios y de sus intereses. Por eso hoy somos testigos de la recomposición autoritaria del latifundio, del restablecimiento del narcotráfico, de la invasión del racismo, de la naturalización de la prebenda, del saqueo del Estado más profundo de nuestra historia.

Esa es la mano que mece nuestra cuna. Es demasiado. Ya no MAS.

 

Guillermo Mariaca Iturri es ensayista
 

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