Guillermo Mariaca Iturri

La restauración de la rosca

viernes, 26 de julio de 2019 · 00:11

En 1952 la nación se unió contra la rosca. Tardó 10 años en lograrlo, pero cuando lo hizo inauguró una nueva época. Con matices populistas, nacionalistas, dictatoriales y liberales, la época del nacionalismo revolucionario duró algo más de 60 años. Y hoy, en su crepúsculo como narco-Estado maquillado con extractivismo, el último caudillo movimientista intenta no quedar enterrado como lo que es: el presidente supuestamente indio restaurador de la rosca. La rosca de todos los tráficos, la rosca de los depredadores de la Amazonia, la rosca del capital financiero, la rosca de los sindicatos serviles.

La rosca ha renacido. Restaurada por la inimaginable rosca cocalera, lucha fortalecida para alcanzar su pleno renacimiento. Quién lo hubiera creído. La reforma agraria -la medida democratizadora fundamental de la época movimientista- convertida en reforma cocalera. La reforma agraria, de la mano de su más íntimo aliado -la dirigencia campesina- convertida en prebenda. No es sólo decadencia, es degradación. Peor. Porque la rosca de los barones del estaño contribuyó por lo menos a construir la clase obrera y el mito minero durante la larga época de la oligarquía. La rosca cocalera, en cambio, sólo está constituyendo la semilla del narco-Estado, la raíz del naufragio nacional.

La rosca a la que el MNR derrocó tenía, finalmente, un proyecto de país. Insulso, absurdo, estéril, pero proyecto. La rosca cocalera, en cambio, tiene un proyecto de pacotilla -eso que han bautizado como agenda del bicentenario- con el que pretende enmascarar su inutilidad. Pero como no pueden disimular esa vocación, terminan elogiándola: la “sagrada hoja de la coca”, dicen, repiten como un mantra, para que el sonido de sus cuatro letras asegure, más allá de la nueva Ley 906, coca de por vida. Rosca cocalera de por vida, restauración oligárquica de los ‘barones’ contemporáneos, inauguración de una nueva época que reúna en su grupo palaciego a la complicidad de las orondas sonrisas obesas de poder.

Nuestra corta tradición democrática no acaba de entender lo que se juega en octubre. La dimensión de esa derrota; las consecuencias que, en la vida moral de la gente, tendrá la caída en la podredumbre; el efecto que la pérdida de la política, aquella de las teas encendidas, tendrá en la consciencia del bien común. Y el tiempo perdido, el ocaso de estos 50 años de resistencia democrática, de su tan frágil construcción, de su precariedad.

Por todo esto, por la amenaza que para la vida diaria de la gente común tiene la restauración de la rosca enraizada en la coca chapareña, es imprescindible convocar nuestras mejores tradiciones. Katari-Sisa, los guerrilleros Lanza, la Junta Tuitiva, Andrés de Santa Cruz, 9 de abril, la resistencia minera, agosto del 81, El Alto de pie nunca de rodillas, el 21F, la caravana de los discapacitados. Y así reencontrarnos con nuestro ajayu democrático.

Las épocas de la historia política se distinguen entre aquellas que diseñan el futuro porque imaginan lo mejor que son y que pueden ser, y las otras, las épocas que temen su futuro porque sólo se desean como los traumas de su propia decadencia. Por esto, la disputa hoy no se limita a imaginar la democracia o padecer su pérdida, aún si esta encrucijada es terrible. El dilema que hoy enfrentamos es el dilema del prisionero: que cada jugador democrático elija traicionar al otro aún si eso lo conduce a la reiteración de su propia condena. Hemos quedado prisioneros de nosotros mismos, de nuestros más minúsculos intereses, de la ambición del 3% para conservar la sigla o de la ilusión del caudillismo regional o de la retirada táctica para no formar parte de los derrotados.

Pero hay que trascender ese dilema porque nos estamos jugando la vida nacional. Y aquí no caben las mezquindades ni las sospechas  ni los cálculos  ni las manipulaciones. Hay que sostener, reuniendo todas las manos, la tea encendida.

 
Guillermo Mariaca Iturri es ensayista.
 

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