Guillermo Mariaca Iturri

Lecciones del incendio

viernes, 23 de agosto de 2019 · 00:11

El heroísmo ha sido siempre motivo de alabanza. Elevarnos a lo mejor que podemos ser ante la desgracia ajena o la tragedia colectiva ha conmovido generaciones. Pero si se convierte en permanente pedagogía política revela una impotencia social. Una sociedad que demanda héroes salvadores está renunciando a la emancipación por obra de sus propias manos.

Precisamente por esto, cuando la gente se acomoda a la opresión, comienza su degradación. Cree que venderse al tirano es buena cosa. Siente que corromperse es conveniente. Piensa que asesinar al hermano es, apenas, consecuencia natural de la guerra. Cuando la gente naturaliza su propia suciedad y la miseria ajena, la caída individual se hace hundimiento social. Y entonces el héroe parece imprescindible: un héroe ético para solucionar la indigencia moral.

Hoy, ante el incendio de 500  mil  hectáreas del único bosque seco que existe en la región, ¿cuáles han sido las respuestas? Por una parte, la ciudadanía no ha demandado un bombero héroe. Algunos grupos de personas se han asociado para aportar recursos y pequeñas acciones. Otras personas han explicado la importancia ecológica del bosque seco y han denunciado la negligencia de los gobiernos nacional y departamental. Otros han comentado las consecuencias a largo plazo de semejante desastre. Algunos, finalmente, han denunciado la complicidad entre gobierno, agroindustriales y colonizadores para la expansión de la frontera agrícola.

Sin embargo, dado que la ciudadanía no ha tenido la capacidad de imponer a las autoridades soluciones oportunamente –alquilar un avión tanque Ilyushin o Boeing, por ejemplo– y las autoridades se han quedado voluntariamente paralizadas ante el incendio, podría haber surgido un bombero héroe. Alguien que, con un peso político suficiente, exija el alquiler de los aviones y, simultáneamente, denuncie la complicidad de todas las autoridades. Alguien que diga: estos son los aviones, cuesta tanto alquilarlos, pueden llegar en dos o tres días, inicio juicio a las autoridades por negligencia. Lo hubieran acusado de oportunismo y quién sabe de cuántos delitos, pero la solución podría haber limitado la tragedia a la mitad o a la cuarta parte.

Me pregunto porqué no ha sucedido. Desde una perspectiva pesimista, a este pueblo de la tea encendida se le han apagado las llamas de la libertad y ha naturalizado la opresión. Y como afirma su divinidad en su inmensa sabiduría: “No quisiéramos chaquear en el oriente boliviano ni en el monte virgen, pero, si no chaqueamos, ¿de qué vamos a vivir?”. Claro que desde esa posición todo es justificable: si no plantamos coca, ¿de qué vamos a vivir?; si no contrabandeamos, ¿de qué vamos a vivir?; si no contaminamos, si no nos corrompemos, si no traficamos, ¿de qué vamos a vivir? Todos los voluntaria y oportunamente oprimidos pero convenientemente serviles –desde cocaleros hasta agroindustriales y ganaderos– prefieren seguir adorando a su divino monarca y esperar que el fuego amaine para invadir el bosque seco libre ya de esos árboles tan molestos y esos animales tan incómodos.

Desde una perspectiva optimista quizá el pueblo tumba de tiranos está esperando el 20 de octubre. Sólo que el pueblo tumba de tiranos nunca esperó ningún 20 de octubre. Se organizó para apoyar al Tipnis, al referéndum del 21 de febrero de 2016, a los discapacitados, se reunió estos últimos tres años para protestar y denunciar, se unió para apoyar al candidato con mejores opciones para derrotar al tirano. Es decir, el pueblo tumba de tiranos no espera, ese pueblo actúa y se organiza. Pero todavía no es suficiente. Es el otro pueblo –más o menos un 25% de indecisos–, el que sigue esperando la llegada del héroe porque todavía no se atreve a confesar que vive cómodo en su indecisión. De tanto esperar, su pan de la indecisión se quemará en la puerta del horno democrático.

Finalmente, los otros, los pocos, son los activistas que exigieron declarar “la inmovilización  de los bosques afectados para promover su restauración efectiva, prohibiéndose cualquier asentamiento o conversión a la agricultura” de las áreas afectadas. Estos activistas son los de las soluciones de hoy y de mañana. Son los verdaderos bomberos. Pero sin agua y sin equipos. Y sin la tan necesaria lucidez para denunciar que sus élites locales dependen cada vez más del desarrollo lumpen impuesto por el Estado lumpen.

Quizá nuestra sociedad ha renunciado al heroísmo. Parece una cosa buena, parece madurez democrática. Pero sigue siendo incapaz, en su mayoría, de convertir esa madurez en hegemonía. Quizá, por tanto, todavía no haya llegado la hora de prescindir del héroe. En jerga constitucional: necesitamos un presidente, otro presidente. No un presidente pirómano, sino un presidente ecologista. Ojalá Santa Cruz lo sepa; ojalá el país lo vote.

 

Guillermo Mariaca Iturri es ensayista.

Confidencial

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