Guillermo Mariaca Iturri

El MAS ante la vergüenza

viernes, 24 de enero de 2020 · 00:11

Evo Morales ha huido. Cada día que pasa sigue huyendo. Porque no sólo ha huido de la derrota; pretende, con su huida, escapar también de la vergüenza. Quizá esta afirmación sea un excesivo acto de generosidad (¿cómo podría, un tirano, sentir vergüenza?); quizá sea un astigmatismo histórico (tenemos, inevitablemente, una visión todavía distorsionada del supuesto enviado de dios); quizá sea una elemental contradicción (¿es acaso posible evitar un gesto de desprecio ante aquel que ha encabezado desvergonzadamente el gobierno más corrupto de nuestra historia contemporánea?). En todo caso, para una sociedad que padece el trauma de la derrota, la vergüenza es una virtud. Evo  no la tiene.

Hoy sabemos que el machismo, la pobreza, la corrupción  y tantas vergüenzas más  siguen plenamente vigentes. La diferencia, claro, es que gran parte de los bolivianos nos sentimos avergonzados de haber elegido y convivido con esas desgracias. Y que el hartazgo con esa degradación moral hizo posible nuestra rebelión ciudadana. Una breve revisión de la múltiple dimensión de la vergüenza podría explicar las causas de la revuelta.

El Ministerio de Justicia ha registrado más de 270 denuncias formales por violencia política contra las mujeres que ejercen alguna función pública en todo el país. Sólo 13 han concluido en alguna resolución administrativa pero ninguna en una sanción penal a pesar de que en muchos casos ciertamente los agresores la merecían. 

Si a las denuncias se añadieran las que no se realizan por amedrentamiento o desconocimiento de la ley, tendríamos una radiografía del machismo político boliviano en su peor expresión. En otro ámbito, la corrupción ha sido permanentemente encubierta. Los casos Tecnimont, barcazas chinas, Drillmec, camiones, Empresa Nacional de Textiles, Cartonbol, varios aeropuertos, Corsán Corviam, Quipus, un hipódromo, un rodeo –sólo para mencionar algunos de los menos mediáticos de los últimos años- no han sido resueltos. Si hubiese existido una verdadera lucha contra la corrupción desde la Fiscalía, la Contraloría y la Procuraduría, gran parte del Poder Ejecutivo estaría en la cárcel por acción, por complicidad o por omisión, y tendríamos una radiografía de la degradación de la gestión pública.

Una de las narrativas gubernamentales que ha persistido durante toda la gestión es la victoria contra la pobreza. Sus datos afirman que estos 10 años la pobreza ha disminuido del 60 al 40% y la pobreza extrema del 37 al 17%. Sin embargo, la OIT  muestra que el empleo informal superó el 70% en 2016 y que e creció durante estos 10 años. 

Por consiguiente, aún si los datos del INE fueran ciertos y sólo el 57% de los bolivianos fueran pobres o muy pobres,  es resultado de la redistribución forzada de la “riqueza” por la vía de los bonos y no producto del trabajo, ni de la disminución de la inequidad (tenemos todavía casi la misma desigualdad hoy que hace 12 años porque sólo disminuimos de 0,55 a 0,48).

 Si se hubiese destinado el extraordinario ingreso económico que tuvo Bolivia por el precio de los hidrocarburos a cambiar la matriz productiva y mejorar el empleo, hoy seríamos un país más rico y con mayor productividad. Pero, claro, eso no ha sucedido.

El machismo se ha incrementado. La corrupción se ha profundizado. El trabajo se ha degradado. Hasta el 10 de noviembre la violencia del Estado contra la sociedad ha sido más profunda que nunca en toda la historia democrática y nos tomará un buen tiempo hacer un diagnóstico preciso y comenzar a curar la gangrena. 

Como Evo Morales, es decir el MAS, persiste en negar la evidencia de la violación social por parte del Estado, como no tienen consciencia de la deshonra, persisten en ser reelegidos.

El secuestro del Estado que intentó convertirse en secuestro de la vida ciudadana enfrentó una resistencia moral de 14 años. Hasta que la rebelión ciudadana culminó condenando al MAS a la ignominia. Ha sido nuestro último esfuerzo público para que el MAS sienta vergüenza. Vergüenza por haber secuestrado al país, vergüenza por haber huido sin enfrentar su responsabilidad ante la historia. 

Por eso, hasta hoy, la rebelión ciudadana ha sido una rebelión moral. Ya no aceptamos el derecho del MAS a la existencia moral sin una disculpa pública. Dependerá de ellos y sólo de ellos degradarse a ser los candidatos de la restauración de la ignominia, o atreverse a confesar y purgar su vergüenza histórica. La rebelión ciudadana les ha regalado una última oportunidad.

Pero a partir de hoy comienza a ser nuestra reconstrucción democrática. Por eso nos obligamos a aceptar la existencia electoral de los candidatos del MAS. Porque somos ciudadanos.

 

Guillermo Mariaca Iturri es ensayista.

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