Guillermo Mariaca Iturri

21F

viernes, 21 de febrero de 2020 · 00:11

No todo tiempo pasado fue mejor. La democracia que construimos el 82 preñada de heroísmo contra la represión perpetua fue insuficiente y deficiente. Esta democracia del 21F -años de resistencia y consciencia contra la alienación- no está pariendo libertades sino, apenas, elecciones. El mínimo común denominador de las urnas se impuso entonces y se impone ahora. La miopía partidaria ha sido siempre el puñal en la espalda de la libertad. Hay que padecerlo pero, al mismo tiempo, hay que acariciarlo. No sea que por denunciar su filo olvidemos su acero.

Al dictador militar se lo pudo derrotar en las urnas. Pero su presencia se mantuvo vigente todos los largos años de la democracia pactada; una democracia arrodillada entre conveniencias de poder y urgencias de intereses. Al tirano civil hubo que derrotarlo en las calles y en las urnas. Hoy tenemos una ciudadanía resignada y un Estado todavía secuestrado. En ninguno de ambos casos el heroísmo fue suficiente. Las epopeyas nos dotan de orgullo pero no de certeza.

El dictador militar y el tirano civil fueron posibles porque creímos que fueron necesarios. Derrotados en las urnas y en las calles es imprescindible expulsarlos de nuestras entrañas. Domitila denunció la raíz de ese componente de nuestra historia política: “El enemigo principal, ¿cuál es? ¿La dictadura militar? ¿La burguesía boliviana? ¿El imperialismo? No, compañeros. Yo quiero decirles estito: Nuestro enemigo principal es el miedo. Lo tenemos dentro”. Tenemos miedo a construir autodeterminación. Miedo a construir nosotros nuestro propio destino. Miedo a volar lejos de las riendas del padre.

El MAS secuestró derechos y libertades. Los 21F los ciudadanos establecimos que no nos representaba, atentó contra nuestros derechos, era un gobierno ilegítimo. Por consiguiente, los ciudadanos quisimos decidir: organizar una asamblea ciudadana para autorepresentarnos, organizar una asamblea ciudadana para preservar nuestros derechos y los derechos de la naturaleza, organizar una asamblea ciudadana para defender la libertad y la democracia. En todas esas concentraciones, en los cabildos, quisimos, pero no pudimos, no supimos, no nos atrevimos.

Demasiados parecen creer, o directamente creen, que la causa de esa lepra que nos impedía tocarnos, que nos carcomía esa solidaridad que formaba parte de nuestra sangre  era el cinismo del poder. Fuimos durante estos 15 años un pueblo de leprosos que no nos tocábamos para no contaminarnos, para que el poder no nos descubra solidarios. Con los discapacitados, con el TIPNIS, con los perseguidos, con los periodistas independientes, con los que denunciaban, con los que se atrevían a protestar, con los que votaban no y lo gritaban a todos los vientos.

Pero la causa de esa mutación de rebeldes a cómplices no fue sólo el abuso de poder; ese gobierno canalla fue apenas el motivo, no la causa profunda. La causa es que habíamos sido fáciles de comprar, que somos baratos. Que nos enorgullecemos con el autotransformer nuevo, con la basura de contrabando que llega a nuestra antena parabólica, con las telas acrílicas de colores en cuanta entrada podamos lucirlas, con la hija bachiller que no sabe leer pero es bachiller.

 Nos enorgullecemos ostentando que hemos sido estafados y ahora exhibimos nuestras piedritas de colores con que han comprado nuestra epopeya y la hemos convertido en baratija. 

Éramos un pueblo rebelde y ya no lo somos. Ahora somos un pueblo de cómplices. De consumidores de piedritas de colores. Un pueblo de electores.

Al mismo tiempo, sin embargo, hemos derrocado al tirano. Y lo hicimos a pesar del miedo y el consumo. No es poca cosa, no lo es. El ajayu de fondo del 21F hará posible cuidar esa victoria. Habrá que limitarse a ser, otra vez, un pueblo de electores. Habrá que elegir la libertad posible. Y ojalá entonces, cultivando la libertad posible, nos atrevamos a la tea.

 

Guillermo Mariaca  Iturri es ensayista.

 

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