Guillermo Mariaca Iturri

Coronavirus: murciélagos y política

viernes, 07 de febrero de 2020 · 00:11

Un murciélago puede ser portador de distintos virus sin enfermarse. Los quiropterólogos afirman que su excepcional tolerancia a los virus, que supera a la de otros mamíferos, es una de sus cualidades más relevantes. Como son los únicos mamíferos que vuelan, sus adaptaciones evolutivas -particularmente en lo referido al consumo de energía- modificaron su sistema inmunológico de tal manera que transmiten los virus pero sobreviven conviviendo con ellos. Digámoslo metafóricamente, volando por encima de ellos.

Todos los mamíferos tenemos modos de identificar y responder a la invasión de un organismo que podría provocarnos una enfermedad. El primer costo de esa respuesta es la inflamación. Pero en los murciélagos, que responden a la invasión de virus de una manera agresivamente baja, esa respuesta ‘debilitada’ les permite mantener un “estado equilibrado de respuesta efectiva pero no ‘exagerada’ en contra de los virus y así el brote puede contenerse y controlarse” (Daszak). 

Para los humanos, en cambio, carecer de esa virtud ‘murciélaga’ puede fácilmente generar una epidemia. Nuestros mecanismos de defensa tienden a la defensa agresiva ante cualquier agente externo sea o no potencialmente peligroso.

La historia política boliviana ha estado marcada por el desafío de los límites. Katari contra el colonialismo. Murillo contra la dependencia. El 52 contra la rosca. El 82 contra las dictaduras. El 2005 contra el neoliberalismo. Seguramente por esta pasión épica de la que tanto nos enorgullecemos, las encrucijadas de la libertad y la igualdad han requerido siempre a un ausente moderador de nuestras ilusiones y desvaríos. 

La libertad se la ha confundido a menudo con el capricho y la tragedia de los comunes; la igualdad, con la uniformidad y la negación de la complejidad. Los desafíos y los riesgos de la igualdad y la libertad no han sido asumidos al modo en el que el murciélago enfrenta a los virus: pudimos haber construido una vida política extraordinariamente ciudadana, pero lo que hemos hecho ha sido desarrollar una política que se arrastra en el fango de los extremos.

A la derecha se le ha criticado la soberbia con la que minimiza la sed de justicia social de los pueblos. A la izquierda, que no aprende de sus errores ni olvida sus privilegios. Ante ambos extremos autoritarios, los bolivianos hemos actuado ignorando la existencia del centro y lo hemos denunciado como complicidad con unos o con otros. Pero el centro existe y se ha revelado nuevamente en noviembre de 2019.

Un centro que no debería confundirse con la capacidad de construir consensos. Porque el soporte de los consensos contemporáneos son la economía mixta y la democracia representativa y, por tanto, la supuesta fortaleza para quedar bien con dios y con el diablo. Como si el consenso radicara en el equilibrio, en la reconstrucción, en la reconciliación.

 Como si el centro fuera aquella posición que dependiera del lugar ocupado por los polos de izquierda y derecha y no la dirección autodeterminada por la visión de otro país, de otra política, de otra democracia.

Hoy el centro no es el justo medio -en verdad nunca lo fue-. Hoy el centro es la brújula. Esa tan escasa cualidad de ver en la crisis de hoy la revelación de mañana. Esa tan notable cualidad moral de atreverse a imaginar otro país y otra democracia y no solamente enarbolar la cómoda bandera de mejorar un poco las cosas. 

Por eso hoy el centro democrático consiste en la estrategia necesaria para realizar un proyecto de país radicalmente ambicioso; mientras los extremos y los cautelosos pelean por la propiedad del pasado confundiéndolo con la historia.

El centro, el centro necesario, no radica en la negociación con la violencia autoritaria, en la conciliación con el mínimo común denominador. El centro democrático es la querella de la brújula. No la querella de esta o aquella conveniencia oportunista. 

Nos interesa aprender de la historia, no arrastrarnos en ella. Nos importa, por tanto, imaginar un mundo nuevo. Un mundo de mamíferos volando a la altura de nuestros propios sueños.

PD.   Nuestro coronavirus político fue la UDP en 1982. Resistimos y derrotamos a la dictadura militar. Pero como entonces nos resignamos ante los cantos de sirena del otro autoritarismo, caimos en la epidemia de la hiperinflación. 

Hoy resistimos y derrotamos a la nueva dictadura. Si algo hemos aprendido de nuestros padecimientos, tendríamos que convertirnos en el centro democrático. En aquel centro que no depende de los polos, sino que vuela encima de ellos.

 

Guillermo Mariaca  Iturri es ensayista.

77
12

Otras Noticias