Guillermo Mariaca I.  

Todos vamos a morir

martes, 28 de abril de 2020 · 00:08

Durante siglos hemos vivido como inmortales. Ciegos ante la muerte. Contemplándola como la tragedia de un día y el duelo de un mes. Hay que seguir viviendo, nos decían, nos convencíamos. Como si la muerte fuera otro mundo -aquel que pertenece a los dioses luminosos que perdonan o al de los dioses oscuros que condenan- y no parte íntima de la vida.

Durante siglos hemos vivido el presente. La muerte no existe, es algo que les sucede a otros y porque les sucede a otros los enterramos para no mirarlos en el aire de todos los amaneceres siguientes. La hemos vivido como un dilema ajeno: o nos morimos por alguna peste -la vejez también es una peste- o nos morimos por el hambre -el cambio climático también es la certeza de la hambruna global-. Pero nosotros, ni apestados ni hambrientos, vivimos. Vivimos hoy porque hoy somos inmortales, ciegos ante la muerte.

En el siglo XX inventamos la vida eterna. En ese siglo que fue el éxtasis del renacimiento y refundó la tragedia griega inventamos la historia. Grandes porciones de la humanidad decidieron que tal o cual era la historia, la única, por medio de extraordinarias maravillas y tragedias insondables. Y al hacerlo inventamos el futuro; ya no decíamos, siquiera, será así, será asá. Aprendimos a decir: mañana es así, pasado mañana es asá.

Cada uno de los minúsculos seres humanos nos fascinamos con la banalidad para que Edipo sea un piojo tuerto y no una tragedia griega. No nos acostamos con nuestra madre, inventamos nuestra propia semilla. Resolvimos el enigma cantado por la esfinge para reinar sobre la muerte. Convertimos todos los oráculos en un mendigo que recitaba el futuro que decidíamos a cambio de un par de monedas. Recitamos ante la calavera de un bufón burlas a la muerte porque minutos antes habíamos afirmado que ser o no ser no era la cuestión, sino que “morir es dormir y tal vez soñar”. Enfrentamos a todos los gigantes “en fiera y desigual batalla” porque “las cosas de la guerra más que otras están sujetas a continua mudanza”. Finalmente, el ladrón de todos los libros nos transformó a todos nosotros en personajes de nuestras propias vidas para que, 25 siglos después de Edipo, inventemos la vida eterna para vivir cien años de soledad ensayando perpetuamente la ceguera.

Pero hoy la pandemia nos ha hecho iguales. Todos somos mortales. Hasta la ciencia más científica ya lo sabe; en nuestros cuerpos hay tanta antimateria como materia y al final de los finales es la muerte la que nos cobija. Y aunque el capital declame que el virus bloquea el abrazo pero no la circulación de la mercancía que nos desiguala, podemos responder que la igualación social generada por la pandemia es, por ejemplo, la de Instagram, la igualdad que dura un día. Es la igualdad de la conexión, de la conversación sostenida en Facebook, en Zoom, en Skype, en Whatsapp. Porque es, sobre todo, la igualdad libertaria de la red y de su inexpugnable diferencia; no la igualdad ocasional, electoral, de cada ciudadano un voto, esa discreta igualdad que se extingue en el instante soberano.

La igualdad libertaria acarreada por la pandemia contiene la fe de Habermas: “la verdad no existe en singular”. Esa polifonía de verdades que ahora es una experiencia existencial, una vivencia de la diferencia. No sólo la sustancia del consenso construido en el lenguaje, sino la suspensión de los sentidos dialogados y debatidos en la red.

La mortalidad nos ha hecho iguales. Nos ha devuelto la sencillez de la vida doméstica y la ternura de los juegos de los niños con los abuelos y las preguntas -absurdas, maravillosas, modestas- sin respuestas en la red. Esa es la igualdad que vale la pena. Porque todos vamos a morir, porque la vida es un relámpago, porque nadie nos podrá privar de la alegría de la vida y la certeza de la muerte. Aunque semejante cuestión de fe pareciera el segundo acto de la banalidad del mal.

Porque no estamos en el centro de un salto cuántico ni en otra nueva revelación religiosa o política. Estamos en el núcleo de un salto pandémico.

Guillermo Mariaca I.  

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