Bajo la sombra del olivo

Hacia una relectura positiva de nuestro pasado democrático

jueves, 17 de marzo de 2016 · 00:00
Basta de distracciones y del barro de la coyuntura en el que el Gobierno hábilmente nos ha enfangado a todos. Creo que es momento de mirar al futuro y no conozco otra manera de hacerlo que no sea con perspectiva histórica.

Y la perspectiva histórica no se la puede tener sin mirar al pasado, un pasado que tenemos que revisar sin complejos y sin culpas, porque es un pasado rico y lleno de desafíos, de decepciones, pero también de conquistas que no le pertenecen a nadie en particular, sino a todos los que construimos nuestra democracia.
 
Primero, habrá que sacudirse esa idea que nos han metido en la cabeza los últimos 10 años, que reza que todo lo que ocurrió antes del MAS y de Evo Morales fue aborrecible y que el país nació con ellos.
 
Esa falsedad es alimentada sistemáticamente desde el miedo que nos quieren meter, con la idea de que si no apoyamos al Gobierno, o por lo menos no legitimamos sus tropelías con un silencio cómplice, estamos apostando automáticamente a un salto al pasado.
 
Falso también. Nadie en su sano juicio quiere volver al pasado, sencillamente porque sabemos que eso no es posible en un país como el nuestro, que ha demostrado, una y otra vez, un altísimo grado de madurez política. Lo que se comienza a señalar como un proceso restaurador o de retroceso en la Argentina de Macri, con seguridad no ocurrirá en Bolivia.
 
Mirar el pasado positivamente y recoger lo bueno no es volver al pasado, partamos de ahí; es reconocer el pasado, reapropiarse de él y repensar el futuro a base de lo avanzado. Cosa muy distinta, ¿no es así?
 
Mirar nuestro pasado democrático con esos ojos debe, más bien, llenarnos de orgullo y optimismo. Llevamos 33 años de construcción colectiva de nuestra democracia, en los cuales hemos avanzado mucho, y que, sin dudas, merecen una relectura positiva.
 
Desde la recuperación de la democracia, en 1982, debemos atesorar hitos, momentos y procesos sin los cuales no podríamos explicar nuestro presente y mucho menos proyectar nuestro futuro. De la UDP recordamos, con mucha injusticia, solamente la hiperinflación y no la profunda, y ejemplar vocación democrática de Hernán Siles, que incluso acortó un año de su mandato en aras de la recién nacida democracia.
 
Del gobierno de Paz Estenssoro solamente recordamos las luces y sombras del 21060, pero no el Pacto por la Democracia, una valiosa experiencia de pacto y cohabitación que le permitió al país salir de su peor crisis. Que después la cultura del pacto democrático haya degenerado en las funestas megacoaliciones, es parte de otra discusión.
 
Y así sucesivamente podemos seguir identificando y reapreciando la construcción colectiva de nuestra institucionalidad democrática, en la que, más allá de los líderes y las figuras políticas, mucha gente ha contribuido desde la posición que le ha tocado en el Estado o en la sociedad civil. 
 
Lo invito, estimado lector, a embarcarse en esa reflexión y verá usted mismo que nuestra mirada hacia adelante puede alimentarse de un extraordinario acervo democrático en que incluyo, por supuesto, lo avanzado en estos últimos años.
 
Pero hacer este ejercicio y asumir esta nueva actitud es también más necesario que nunca para contrastar las visiones del presidente Morales, quien nos ha terminado de demostrar que no comparte los principios democráticos básicos de la mayoría de la gente. Para él la democracia es una guerra que hay que ganar perpetuamente, a como dé lugar, derrotando y anulando a quien quiera que se le ponga por delante. 
 
Esa concepción autoritaria, tan distante de lo que la mayoría consideramos como democracia, obedece quién sabe a su formación sindical cocalera y a la concepción errónea de que el país entero es una extensión de su sindicato, cosa que, le mostraremos democráticamente, está muy lejos de la realidad.
 
Ilya Fortún es comunicador social.
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