Bajo la sombre del olivo

Tres de cuatro

jueves, 14 de abril de 2016 · 00:00
A principios de su segundo mandato, cuando el gobierno de Evo Morales confirmaba en los hechos su condición esencialmente conservadora y traicionaba todos sus postulados discursivos, decía desde esta columna que la impostura ideológica, la falta de gestión y la creciente corrupción no serían suficientes para pensar en un agotamiento del régimen.

Para considerar seriamente el fin del gobierno del MAS, el análisis que hacía entonces planteaba que debían ocurrir por lo menos cuatro cosas: uno, algún fenómeno externo que afectara de manera radical la economía del país; dos, una alteración del escenario político regional; tres, la acumulación sistemática de torpezas políticas con altos efectos de deslegitimización y, cuatro, la aparición de una verdadera oposición.
 
Que todas esas cosas ocurrieran en el corto plazo parecía algo prácticamente imposible, considerando, sobre todo, que dos de ellas no dependían de lo que pasara en el país, sino de factores externos. Es quien sabe, por eso, que todos caímos en una suerte de resignación política, respirando a diario esa suerte de certeza que nos refregaba que había Evo y MAS para mucho rato, que no había que hacerse ilusiones de nada distinto en el largo plazo y que era mejor ponerse cómodos nomás (cosa que muchos interpretaron como que había que acomodarse).
 
Y, sin embargo, - como dice Sabina- tres de estas cuatro cosas han ocurrido ya y han ocurrido mucho antes de lo que todo el mundo pensaba; así son las cosas en política y eso es lo que la hace tan apasionante.
 
El precio del petróleo se fue al carajo hace ya más de un año y medio con un impacto devastador en una economía basada meramente en el extractivismo; los efectos de este impacto recién se comenzarán a ver, mientras los crudos del Gobierno esperan el milagro de una súbita recuperación del precio del otro crudo.
 
El escenario político regional ha cambiado ya con la caída del kirchnerismo en Argentina, con la decisión de Correa de bajarse de la reelección en el Ecuador (el único menos crudo que entendió que con ese precio del petróleo las cuentas no daban para otro mandato), con la conclusión del mandato de Mujica en Uruguay y con los últimos resultados electorales de Perú.  
 
Y seguramente cambiará mucho más con el dramático desmoronamiento de Maduro en Venezuela y con lo que parece ser la inminente destitución de Dilma Rousseff en Brasil.
 
La acumulación de torpezas políticas y corruptelas del Gobierno no solamente es enorme, sino que es progresiva; la última embarrada político/histórica fue el error de timing político del 21F, lo que derivó en una gravísima derrota que no terminan de entender, pues si apuestan por desconocer los resultados e insisten en forzar a como dé lugar la reelección, cavarán más hondo su propia fosa.
 
Si no lo hacen, llegarán a 2019 horrorosamente degastados por las pugnas internas, por la crisis, por la ineptitud de gestión y con algún candidato prestado o un candidato propio muy flojo, que, en el mejor de escenarios imaginables, tendría que ir a una segunda vuelta con todas las clases medias urbanas en contra.
 
La única cosa que falta entonces es la cuarta; es decir, el surgimiento de una nueva y verdadera oposición sin cola de paja y con una lectura y visión frescas del país que queremos hacia adelante.
 
Suena difícil también, pero no lo es. El 21F nos permitió constatar que la vieja oposición también perdió, que la ciudadanía perdió el miedo, que la juventud ha decidido desahuevarse y que tenemos largos cuatro años para hacerlo.

Ilya Fortún es comunicador social.
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