Bajo la sombra del olivo

Brasil, del sartén al fuego

jueves, 21 de abril de 2016 · 00:00
Lo de Brasil no es una buena noticia, ni para ellos ni para nosotros. Lamentablemente, en política pocas son las veces en que las cosas son lo que parecen y en Brasil, lo que hoy parece un reflejo institucional, y democrático en contra de la corrupción, es, en el fondo, una celada aprovechada y urdida por un conservadurismo corrupto y reaccionario.

¿Con esto quiero justificar o absolver al gobierno del PT y de Dilma Rousseff de todas las cagadas que se han mandado? Por supuesto que no. La megacorrupción gubernamental alrededor de Petrobras y las grandes empresas de construcción, el desvío de fondos estatales a las campañas del PT y las acusaciones directas a Lula da Silva por haber recibido coimas despintaron gran parte de lo que hicieron Lula y Dilma, y nos decepcionaron profundamente a todos.
 
Y el desencanto fue mayor aún ante la lamentable maniobra de protección y encubrimiento de Dilma a un Lula arrinconado por la justicia, nombrándolo ministro. Escena impresentable desde donde se la vea.
 
Pero no crea usted que es por todo eso que quieren juzgar y destituir a la presidenta brasileña. Se la está acusando, en realidad, de haber violado normas fiscales maquillando las cifras del déficit del presupuesto; un delito, cierto, pero que según muchos no debería ser motivo suficiente para su destitución.
 
Los escándalos de corrupción salpicaron en realidad a toda la clase política brasileña, pero no a la Presidenta, delito del cual no ha sido acusada directamente.
 
Los que sí están recontra acusados de corrupción son los que la siguen en la línea de sucesión constitucional y también más de la mitad del Congreso que está tramitando el impeachment. 
 
Ellos sí están metidos hasta el cuello en temas de corrupción y para librarse, aprovecharon astutamente la recesión económica, el descalabro moral y el descontento de la gente para tumbar a la Presidenta, patear el tablero y, sobre todo, debilitar al Poder Judicial, que es su principal amenaza.
 
En ese camino, la destitución de Dilma no implica renovación política alguna ni castigo para todos los corruptos.
 
Lo único que esa vía estaría garantizando es que los traidores, los corruptos y los reaccionarios se metan al poder por la ventana, y se protejan de la justicia desde allí.
 
Esta no es una respuesta democrática a los evidentes problemas políticos y económicos que tienen, es una jugada política de una juntucha impresentable de oportunistas que intenta salvar el pellejo y hacer retroceder al Brasil a situaciones que se pensaban superadas.
 
El penoso nivel político de esa gente se pudo advertir en la sesión de los diputados del domingo; esa cámara, con muy pocos negros, mujeres y jóvenes, le dio al mundo un triste espectáculo de mediocridad y de pobreza en la torpe argumentación de los valores más primitivos del conservadurismo.
 
Los que por estas tierras se alegran de lo que está ocurriendo, basados en el razonamiento chato de que es una maravilla que se jodan indistintamente todos los gobiernos de la región aliados a Evo Morales, no ven un milímetro más allá de sus narices y no se dan cuenta de que nada de esto es bueno para la oposición al MAS.
 
Si bien puede ser cierto que la tendencia regional le es adversa al MAS y lo dejará paulatinamente huérfano de apoyos, que en su momento lo ayudaron mucho, lo que no advierten es que el retorno de la vieja derecha, y su intento de hacer retroceder las cosas, van a convertirse, en Bolivia, en el ejemplo de lo que se debe evitar que ocurra en el futuro. 
 
Cuando el remedio es peor que la enfermedad, la gente prefiere quedarse con lo malo conocido.

Ilya Fortún es comunicador social.       

Confidencial

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