Serotonina

Empresas estatales: el factor humano

lunes, 4 de julio de 2016 · 00:00
En la investigación El estado de las empresas del Estado (Fundación Milenio, 2011) sostenía que la historia boliviana se mueve en un eterno péndulo entre estatismo y liberalismo, entre proteccionismo y libre mercado que, lejos de impulsarnos, nos mantiene estancados en un eterno círculo político de revoluciones y contrarrevoluciones que ahogan nuestras ilusiones de avanzar como país y sociedad. 

 De esa manera, mientras otros países optan por ajustes periódicos a sus estrategias y políticas, en Bolivia retomamos prácticas o teorías antiguas y de inviabilidad comprobada, que se presentan como nuevas y revolucionarias. De esa manera, si en 2000 la participación del Estado en la economía era de apenas el 7%, hoy bordea el 40%, porque en los últimos años se ha puesto en marcha una política de industrialización, promovida activamente por inversiones estatales.

 Se han instalado plantas de procesamiento de coca, naranjas y leche, de producción de papel y cartón, y se ha buscado rehabilitar plantas, como la de Karachipampa, y controlar fundiciones existentes, como la de Vinto, así como instalar una gran industria siderúrgica. El Estado quiere producir desde poleras hasta abono y en ese intento se está fagocitando los ingresos que obtuvimos por la exportación de materias primas.

 En este contexto, ¿cuáles fueron y son los factores que llevaron a que Enatex fracase y, a partir de ella, las empresas estatales? Aquí ensayo algunas explicaciones que no abordé en aquella investigación ya citada. 

 El Gobierno piensa que el valor está en apoderarse de la propiedad de los bienes raíces, las instalaciones, la maquinaria, y ésa es una falacia. Infraestructura, bienes raíces, maquinaria y materiales se compran. El fetichismo de lo tangible lleva a los estatistas a olvidarse que lo más importante de una empresa está en su gente, su tecnología y los mercados que gana. La gente se forma, la tecnología se desarrolla y el mercado se conquista.
 
Eso toma años, décadas en desarrollar y es algo que se debe preservar.

 Pero a los estatistas esto es lo que menos les importa, pues creen que poseyendo la infraestructura han conquistado todo. En la lógica gubernamental, que se mete a expropiar empresas, no se considera que lo más importante de una empresa son su personal capacitado, disciplinado, que siguen procedimientos y que, gracias a su normalización, es capaz de conquistar mercados altamente competitivos. 

En muchos casos, y en especial en el de Enatex, la motivación de la "nacionalización” fue deshacerse del dueño, antes que perseguir un sueño. Es decir, el objetivo era mostrar el poder del Gobierno, del aparato estatal, antes que perseguir un ideal de desarrollo y progreso sostenible. Era lograr el impacto ideológico partidario antes que el logro del bien común. A los nacionalizadores los guía el odio y el resentimiento político en la toma de decisiones que, como ya sabemos, son el abono de los fracasos futuros.

 Como consecuencia de estas decisiones, las empresas estatales se politizan y exigencias, como productividad y competitividad, son desplazadas en favor de exigencias insostenibles y espacios de poder. En las empresas estatales, la gente no busca trabajo, sino pega. A los estatistas no les importa impulsar el trabajo como carrera, orgullo, hábito, reconocimiento, mística y dinero. Las ideas del esfuerzo y la superación de los trabajadores son valores despreciados por los comisarios políticos fungidos, de la noche a la mañana, en "gerentes” o directores de empresas estatales. 

 Bajo la égida de estos "ejecutivos políticos” prima entre los trabajadores el amarrahuatismo, el chisme, el pago sin productividad y las exigencias sin dar nada a cambio. Sólo importa el dinero.  

 De esta manera, en vez de tener gerentes y CEOS, lo que se tiene en las empresas estatales es militantes políticos a los que no les importa la empresa, sino descuartizarla para dar espacios a los caciques superiores que los nombraron en el cargo.  Es por ello que sus decisiones no son tomadas en función de los logros y desafíos de la empresa, sino de los favores a pagar a los jefes políticos que les permiten ganar jugosos sueldos sin rendir cuentas de innovación y desarrollo. Son gerentes de papel porque no mandan y, peor, no conocen la empresa ni sus necesidades. Así fue en los Estados de la ex-URSS, así es en Corea y así vamos por Bolivia.
 
 Ivan Arias Durán es ciudadano de la República Plurinacional de Bolivia.

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