Serotonina

El Mediocre

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lunes, 30 de octubre de 2017 · 00:00
No me voy a referir a la genial obra de José Ingenieros (1877-1925)  denominada  El hombre mediocre. Prescindiendo de esa lectura de primeros años de ciencias sociales, haré una digresión libre sobre el tema. Pero, previamente, y para ubicarnos, buscando en los diferentes diccionarios, uno encuentra que se  califica de mediocre a un individuo "que no es capaz de realizar actividades de manera satisfactoria o bien, que no se esfuerza lo suficiente para que estas sean apreciadas por la colectividad”.
 
La etimología de la palabra es  contundente: "El término mediocre proviene del latín mediocris, cuyo significado es ‘el que se quedó a media montaña’, haciendo referencia a aquellos que optaban por establecerse en un medio común y ser personas corrientes” (ídem).
 
Cuando estaba en colegio, el padre Pedro Basiana, jesuita de cepa, nos  reflexionaba sobre que lo peor en la vida es ser mediocre. Es decir, ser de la media. Un útil para nada. Ni chicha ni limonada. 
 
 Muchachos, nos apuntaba, salgan de la modorra, de sus masturbaciones mentales. Viajen, hablen con la gente. Atrévanse a ser distintos. A convertir lo cotidiano, en extraordinario. Pero, ante todo, no sean diletantes, especuladores de quinta, habladores de bar y revolucionarios de café. No hay peor cosa que los descafeinados, los acomodaticios de turno que siempre caen parados, porque el sentir el polvo de la realidad los aterroriza y mata. ¡No sean mediocres! Nos gritaba.
 
 ¿Alguna vez usted se ha topado con un mediocre? Seguro. Los encuentra en cada lugar e instante, porque la mediocridad es acuosa y humeante; no deja espacio vacío. En estos tiempos modernos inundan y se han "apropiado” de las redes sociales, como el Facebook y el Twitter. 
 
 El mediocre virtual  está seguro de  que los likes en sus mediocres razonamientos  lo convierten en referente o,  lo peor, en intelectuales de cepa. Son tan mediocres que, para no ser descubiertos en las calles, porque se los huele y siente a la legua,  se escudan en las redes. 
 
 De esa manera, en vez  de salir a respirar el aire puro o sentir en carne propia lo que la gente siente y piensa, se aferran a su teclado para, por cada tecla, vomitar supuestas nuevas, innovadoras y revolucionarias ideas. Estos mediocres son los peores porque están seguros de haber nacido con pedigrí y, cual apóstoles, con una misión en la vida: joder al prójimo. ¡Y cómo la hacen! No descansan!
 
Sin embargo, de todos los mediocres, el que más me preocupa, es el que, estúpidamente está seguro de que su sombra es resultado de su iluminación y no del sol, la luna o la vela de la vida. Son los mediocres del siglo XXI que, para ocultar sus escasa serotonina,  se hacen pasar por, dizque, nueva intelectualidad. 
 
 Para que se los tome en cuenta joden a otros, porque, sin ello nadie los viera, oyera o sintiera. Estos especímenes  disfrazan su mediocridad con un hediondo halo de  sabiduría. Escriben y hablan en todo lugar como los patos descargan en cada paso que dan. Creen que escriben bien sin darse cuenta de que su huella es como la que deja el pato. 
 
 En la intelectualidad disfrazan su incapacidad para mancharse las manos. Y sólo se dedican a criticar. ¿Pero es mala  la crítica? No. Bendita, pues sin ella, nos quedaríamos más abajo de la media del mediocre.
 
 El tema es que los de "media montaña” critican desde su ombligo sin haber llegado a la cima. Es más, no aceptan que están en la media y porfían que están en la cumbre.  Por ello, no son críticos, sino criticones de quinta. Si un señor  escribe sobre las bolas de Tarzán, el mediocre, que no tiene bolas, criticará al autor sobre los pelos o pechos de Chita. 
 
 Es un desubicado total. Si el fulano habla sobre las dictaduras, el mediocre, orondo, "crítico y profundo”,  dirá que las cosas son incomparables,  que hay plagios y que el sena se escribe con c y no s. Como decía  mi padre, en realidad los mediocres son los tontos útiles de los que los usan y de los que en la práctica. Como no tienen luces propias se las prestan de otros, porque son incapaces de jugárselas por algo.
 
 Como bien me decía el poeta y cantor  César Junaro, parafraseando a Facundo Cabral: lo jodido de estos mediocres es que son miles y eligen presidentes, defienden que los poderosos se pasen por las criadillas la Constitución y marean la perdiz para que el totalitarismo se ancle y nos domine. 
 
 El mediocre es el hipócrita de hoy, el sepulcro blanqueado, del que nos hablaba Jesús hace más de dos mil años. ¿Qué más nos pueden decir? Gritará seguro el mediocre.
 
Ivan Arias Durán es ciudadano de la República de Bolivia.

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