Opinión

La anocracia de Evo

lunes, 05 de noviembre de 2018 · 00:08

En estos días de retiro obligatorio, llegó a mis manos un interesante artículo de Max Roser (2018)  denominado “La breve historia de las condiciones de vida globales y por qué es importante que lo sepamos”, publicado en Our World In Data.

En más de 10 cuadros altamente pedagógicos, el autor hace un repaso a 200 años de historia de la humanidad y, en base a datos empíricos, nos demuestra que hay muchas razones para estar orgullosos de los avances que hemos logrado en salud, educación, ingresos.

Por ejemplo en 1820, el 94,4% de la población del mundo vivía en situación de extrema pobreza. Para el 2015 sólo el 9,6% de los habitantes del planeta viven en pobreza extrema. Uno de los cuadros que más me llamó la atención fue el gráfico que hace referencia a los regímenes políticos que han gobernado y gobiernan a los ciudadanos en los últimos 200 años.

Como bien lo señala el autor, para el análisis se basó en el índice Polity IV que “mide los regímenes políticos en un espectro de  más 10 para las democracias completas a  menos 10 para las autocracias completas;  los regímenes que caen en algún lugar en medio de este espectro se llaman anocracias”. 

De esta manera, para 1816 sólo el 0,87% de la población vivía en democracia plena; 4,34 en anocracias; 45,59 en autocracia; 38, 02% en colonias. Para  2014, el 52,97% de la población mundial vive en democracia plena, mientras que el 23,38% en autocracia y el 18,29% en anocracia.

Pero, ¿qué es la anocracia? Los cientistas sociales Josep Colomer, David Barnejea y Fernando de Mello (2016) cuestionando a Karl Loewenstein, quien determinó que los sistemas políticos se  dividían en democracia y autocracia, señalan que entre ambos existe la anocracia. Un neologismo que junta la palabra latina Ano (ausencia, carencia de, vacío) y la griega Cracia (poder, autoridad, gobierno). De esta manera la anocracia es un régimen político que se caracteriza por la ausencia de principios rectores comunes, carencia de leyes igualitarias y ausencia de instituciones independientes.

Josep Colomer, en su artículo “¿No más democracias?” (El País, 2016) señala que en el mundo, actualmente,  hay unos 50 países con sistemas híbridos, con regímenes políticos de anocracia abierta o cerrada. Siguiendo la teoría de la degeneración de Aristóteles, Roberto Rivas (2017) explica que la anocracia no es un Estado fallido, ni tampoco es una tiranía.

La anocracia es un simulacro de democracia donde los regímenes llevan a la gente a montón de procesos electorales que no cambian nada, pero que sí consolidan su cada vez mayor poder. Este régimen político es característico de gobiernos extractivitas y rentistas. Al igual que los petro- autoritarismos basan su dominio en la riqueza del petróleo en los regímenes políticos de anocracia el control, acceso a la riqueza y renta de los recursos naturales está en manos de una élite designada por el “dedo de los poderosos”, que tienen el privilegio de ser parte del gobierno de amigos (amigobs).

Uniendo los tres elementos (coordinación, cooperación y conspiración) que hacen a una clase política dominante, las anocracias y las autocracias controlan el 41% de los gobiernos del mundo. Es por eso que el autor de esta propuesta tricotómica, alerta que la democracia está en peligro porque la anocracia usa formas democráticas pero con gobernanza autoritaria.

Bajo el velo democrático alimentan redes de poder de cleptocraticas (gobierno de ladrones). Las formas democráticas les permiten avivar un sistema de “partidos políticos opositores”, pero que, como no podía ser de otra manera, están coludidos con el poder dominante, pues también forman parte, en varios niveles de gobierno, de las redes de despotismo, cohecho y malversación del erario público.  Al respecto, Diego Ayo en su libro El cártel de Evo: un modelo de corrupción en Bolivia (Fundación Pazos Kanki, 2018) explica muy bien este fenómeno. 

La anocracia aparte del clientelismo (volverte cliente del poder) y el nepotismo, impulsa con firmeza el pretorianismo. Es decir, la cada vez mayor presencia de militares en espacios de poder y empresas estatales. El “Pretor” que debe proteger al César, exige cada vez más pleitesía y ventajismo por parte de su protegido.

De esta manera, como bien lo advierten Ghandi y Vreeland (2004), este tipo de regímenes terminan en guerra civil o en dictaduras militares. ¿Alguien todavía duda de que vivimos en anocracia? ¿Alguien cree que somos parte de ese 52% de países democráticos del mundo? Por mi parte y dicho lo mismo, pero en buen francés, les aseguro que estamos en una merdocracia.

Ivan Arias Durán es ciudadano de la República de Bolivia

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