Iván Arias Durán

Candidatos: ¿lealtad o la inteligencia?

lunes, 01 de julio de 2019 · 00:12

Los líderes de los partidos políticos tienen hasta el 15 de julio la difícil tarea de escoger a sus candidatos y candidatas a los cargos de diputados  y senadores. Están en juego 36 senadores (cuatro por cada departamento), 130 diputados (60 son plurinominales, 63 son uninominales y siete diputados indígenas de circunscripciones especiales) y desde 2014 se eligen nueve diputados supranacionales (uno por cada departamento para el partido que gane la votación a Presidente de la República en la región).

Los resultados de las elecciones de 2014 nos dieron estos guarismos: de los 36 senadores, el Movimiento Al Socialismo (MAS) obtuvo 25, Unidad Demócrata  (UD) alcanzó nueve  y el Partido Demócrata Cristiano (PDC) dos. En Diputados, el MAS llegó a 89 (con el 61,21% de votación nacional), UD logró 31 (con el 24,52% de votación nacional) y el PDC llegó a 10 (con el 9,06% de votación nacional). De las nueve diputaciones supranacionales, el MAS ganó ocho y UD ganó sólo una, en Beni.

En 2000, a propósito de discrepancias con su entonces vicepresidente Tuto Quiroga  sobre cómo salir de la crisis económica y política, el presidente Hugo Banzer,  en alusión a la inteligencia de Jorge Quiroga y la lealtad de su propio entorno, acuñó la frase: “Más vale un gramo de lealtad a una tonelada de inteligencia”.

En democracias maduras y con un sistema de partidos políticos democrático, por supuesto, lealtad y política no son antónimas. Como bien resume Simón Vargas (2018) “la palabra lealtad proviene del latín legalis, es decir, describe a una persona que actúa de acuerdo con la ley. Esta legalidad hace referencia no sólo a las cuestiones jurídicas, sino a la amistad, al deber para con la patria, al compromiso para con las instituciones a las que pertenecemos, pero, lo más importante, a la honestidad para con nosotros mismos.

En resumen,  la lealtad es una forma de ser y de darse para con otras personas, y en la que entra en juego la transparencia, la honestidad, la integridad y la sinceridad”. Estos son lo que llamaríamos los inteligentes.

Sin embargo, en países como el nuestro, donde el caudillismo y el hiper-presidencialismo son dominantes, el concepto de la lealtad ha sido prostituido y tergiversado. La lealtad, desde la práctica política real, se ha convertido sinónimo de adulación, sumisión e idolatría. Para el “leal político real”  todo lo que diga y haga su jefe es por definición incuestionable, obedece sin chistar. 

El “leal” jura tener con  “el jefe” los mismos objetivos, los mismos ideales, los mismos valores. Es el amarrahuatos. Adulan sin límites, hasta al colmo  de la veneración. El “leal político” se encarga de poner truncadillas al rival, de alimentar los chismes en el grupo, diseminar las mentiras entre “leales y desleales” y, sobre todo, estar al servicio de “el jefe”, sin medida ni clemencia. 

Cuando los “leales políticos” llegan a ser legisladores, son obedientes seguidores de órdenes presidenciales, así fueran las más atentatorias a sus propios valores y absurdas en sí mismas. En un sistema así, la lealtad es a una persona y no a un sistema de valores  y objetivos comunes. “El sistema político de esa naturaleza crea personalismos políticos, no ideologías ni escuelas de pensamiento” (Eduardo García, 2013) Por eso, ir contra la orden superior es impensable bajo un modelo de “lealtades políticas”, como la aplicamos en la práctica.

De este tipo de diputados y senadores está lleno nuestro actual Parlamento. A lo largo de estos años los líderes se han llenado la boca de cambio, renovación y una nueva forma de hacer política. Para el 20 octubre del 2019, los partidos políticos, cuáles serán los criterios que usarán para escoger a sus candidatos en los espacios de seguridad, ¿qué nos ofrecerán como candidatos y candidatas a parlamentarios y parlamentarias: postulantes con un gramo de lealtad o postulantes con una tonelada de inteligencia?

 

Iván Arias Durán es ciudadano de la República de Bolivia.

 

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