Surazo

Doña Yola

Por 
jueves, 25 de abril de 2019 · 00:08

El Día del Libro me sorprendió con la noticia del fallecimiento de mi profesora de Literatura Yolanda de Yapur.

La conocía sólo como doña Yola y recién ahora, cuando se ha ido, vengo a enterarme de que tenía tres nombres, Lucía Yolanda Nelly. No creo haber olvidado el dato ya que el tercer nombre es, también, el de mi madre.

Las buenas profesoras, aquellas que merecen llamarse maestras, son, también, una extensión de nuestras madres y doña Yola era así. Menuda y con el cabello corto, con anteojos que muchos apuntaban a la razón de su sobrenombre, era firme pero serena. No levantaba la voz, porque no le alcanzaba para ello, pero se hacía respetar. “Reñía suavecito” pero te llegaba hasta el fondo. No es un secreto que muchos le temían y, quizás por eso, no lograron aprobar la materia.

Yo la tuve frente a mi pupitre en segundo medio, el curso que ahora es cuarto de secundaria, y lo que más recuerdo son sus esfuerzos para enseñarme a declamar. “No se adelante tanto, Toro —me decía—. Cuando se viene hacia adelante, tengo la impresión de que quiere pegarme”. Gracias a sus instrucciones, pude olvidar el vaivén tan característico en los declamadores noveles y aprendí a dominar el escenario en la interpretación de un poema.

Y por todo lo que leo ahora, en los centenares de homenajes que le hacen sus exalumnos, me doy cuenta de que su fuerte era la poesía. ¡Nos hacía declamar el Martín Fierro!... y así nos exhibía ante el público.

A Lucía Yolanda Nelly Mendivil Salinas de Yapur, mi doña Yola, le decían “Lechuza”. Unos explicaban que por los anteojos pero, en realidad, era una alusión a su serena sabiduría, esa que la convirtió en todo un símbolo del Colegio Pichincha en la segunda mitad del siglo XX.

Después de que se jubiló, nosotros, aquellos que ganamos premios de declamación gracias a sus enseñanzas, le ofrecimos un homenaje. “Recital de ganadores”, se llamó, y tuvo lugar en el Teatro Municipal Modesto Omiste.

Pocas veces declamé como aquella noche. Me adueñé del escenario y dejé que los versos de Boris Elkin salieran de mi pecho para dispararse por mis dedos, dominando cada movimiento, sintiendo cada frase. Quería mostrarle que me enseñó bien. Cuando me abrazó, sonriendo como pocas veces le vi hacerlo, supe que, por fin, mi declamación le había gustado.    

   La satisfacción de esa noche es el consuelo por su partida. Se fue porque tenía que irse. Ya era su tiempo. Cerró los ojos allá, en La Paz, donde la veló su familia, justo en el Día del Libro, y donde recibió los homenajes de los exalumnos que viven en la sede de Gobierno.

Se apagó una luz y se encendió una leyenda.

Juan José Toro es Premio Nacional en Historia del Periodismo.

Confidencial

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