José Toro Montoya

Virus y pestes

viernes, 20 de marzo de 2020 · 00:08

La globalización puede ser la culpable. 

El coronavirus tardó dos meses y medio en expandirse a todo el mundo, un récord asombroso, aún en nuestros tiempos, que hubiera resultado imposible si la humanidad no estuviera tan conectada como ahora.

Como se sabe, el brote surgió el 31 de diciembre en la ciudad china de Wuhan, la extensa capital de la provincia Hubei que es un gigantesco centro comercial. La actividad económica que giraba en torno a ella —porque actualmente está en cuarentena— determinó que el virus se expandiera rápidamente, primero en el sudeste asiático, después a Asia y luego al resto del mundo. Un hecho fue determinante para su rápida expansión: la capacidad que tiene el ser humano para movilizarse actualmente de un punto al otro del mundo.

Son las desventajas de la tecnología. Las grandes plagas que azotaron antes a la humanidad no lograron extinguirla por las limitaciones geográficas. Cuando estalló la peste de Atenas, por ejemplo, en plena guerra del Peloponeso (401-438 a. de C.), Pericles ordenó que toda la ciudad se aísle en sus murallas. La enfermedad no se expandió, pero Atenas perdió un tercio de su población, incluido su emblemático líder.

La “peste antonina” surgió entre 165 y 180 d. de C., en la Roma imperial de Marco Aurelio, y mató a cinco millones de personas, marcando el inicio del declive de una de las mayores civilizaciones de la historia. Pese a lo vasto del imperio romano, no llegó a convertirse en una pandemia porque se limitó al viejo mundo.

Ya en tiempos medioevales surgió la peor peste de la historia, la negra o bubónica. Fue tan devastadora que mató por lo menos a 25 millones de personas, incluido el rey de Castilla, Alfonso XI. Surgió en Asia y fue llevada a Europa por los barcos, en las rutas comerciales, pero se limitó a esos dos continentes. No consiguió atravesar los océanos para llegar a América.

Hoy en día, los virus viajan en avión, igual que las personas, y pueden llegar de un continente a otro en cuestión de horas. Ingresan a los países cuando no hay un control eficiente en aeropuertos, terminales y pasos fronterizos. Es de esperar que no sea el caso de Bolivia.

Pero la cura, o la vacuna, es trabajo científico.

En el pasado, la gente enfrentaba las pestes y enfermedades con su fe. Potosí, por ejemplo, sacó al Señor de la Vera Cruz y a San Agustín en procesión en 1561 y así cesó una peste que estaba matando a la población española y no había contagiado a un solo indio. Esa y otras historias de virus forman parte de la rica historia potosina que no ha sido suficientemente explotada.

       
Juan José Toro es Premio Nacional en Historia del Periodismo.

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