Juan José Toro

Enfermedades

viernes, 10 de abril de 2020 · 00:08

Si ahora, en pleno siglo XXI, una enfermedad como el coronavirus pudo poner el mundo de cabeza, ¿se imaginan el efecto que tuvieron las epidemias en la antigüedad?

Como ya les referí en un artículo anterior, la más mortífera de todas fue la peste negra que cobró la vida de por lo menos 25 millones de personas. El gran detalle es que esta epidemia estalló en el siglo XIV, antes de que Colón llegara a América, así que este continente estuvo a salvo de sus estragos.

Por ello, cuando los invasores europeos llegaron a América, trajeron también sus enfermedades. El gran detalle es que ellos ya habían desarrollado anticuerpos, durante siglos, y los americanos no, así que la mortandad fue espantosa. Enfermedades como la gripe, viruela o sarampión causaron estragos entre los nativos que se contagiaban con el simple contacto con los barbudos.

Murieron por millones. Mariano Baptista Gumucio refiere los datos de dos autores, Nathan Wachtel y Waldemar Espinoza, que dan cifras de reducción poblacional verdaderamente espantosas. El primero, francés, señala que la población del Perú, que también comprendía el territorio hoy boliviano, bajó de 8 millones a 1,3 millones en apenas 50 años. El segundo, peruano, fue más preciso al publicar que el Perú tenía 12 millones de habitantes en 1532, el año de la incursión de Francisco Pizarro, a poco más de 500.000 en 1626.

La reducción poblacional fue tan notoria que alimentó la leyenda negra de la invasión española. Se dijo que los conquistadores arrasaron con pueblos enteros y eso es mentira. Si bien la invasión se impuso por la fuerza de la espada y la pólvora, también es cierto que los españoles contaron con mucha ayuda, la de los pueblos que habían sido sometidos por los incas en un previo proceso de conquista.

Pero ni siquiera los europeos previeron el efecto que iban a tener las enfermedades. Una simple gripe pudo diezmar poblaciones enteras debido a que los americanos no tenían defensas en su organismo para frenar esa enfermedad. Lo propio pasó con otros males como la difteria y coqueluche.

Para colmo, hubo otra fuente de contagio: el sexo. Los soldados que llegaron a explorar nuestras tierras, muchas veces acompañados de gentuza y delincuentes, no traían mujeres consigo así que, de inicio, debieron satisfacer sus necesidades con las nativas. Y, como no todas cedían por las buenas, se multiplicaron las violaciones y, con ellas, los contagios de sífilis, gonorrea y otras venéreas que eran desconocidas en estas tierras.          

Entonces, las pestes llegaron de allá, del viejo continente, igual que ocurrió ahora con el coronavirus.

 

Juan José Toro es Premio Nacional en Historia del Periodismo.

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