María Galindo

Basta de simplonería gay

miércoles, 26 de junio de 2019 · 00:12

Katarismos, indianismos e indigenismos han propuesto la descolonización del territorio y la reorganización de todo desde lo “originario”, lo “ancestral”, lo “precolonial”, lo “descolonizador”. Los debates entre estas tres corrientes han girado en base al territorio, la historia y la resistencia de los pueblos “indígenas”; esa lucha se ha plasmado en el nuevo nombre de esta tierra como Estado Plurinacional, en el reconocimiento constitucional retórico de las 36 naciones indígena originarias y en una lucha paliativa balsámica e intrascendente contra el racismo “anticholo” y “anti-indio”.

Teoric@s como Rivera Cusicanqui, Mignolo, Quijano, Reinaga y otros han evadido, no por casualidad, la comprensión de la descolonización como un hecho que pasa por nuestros cuerpos y nuestra sexualidad. Esta evasión no casual del cuerpo tiene que ver con la matriz patriarcal de su pensamiento, con la obsesión por la lucha social, comprendida como todo lo que tiene que ver con el espacio público, el gobierno y la ley; y no como aquello que tiene que ver con el mundo privado y con la construcción misma de nuestra subjetividad. 

La influencia de la Iglesia Católica, a través de sus ONG, ha direccionado también ese debate y se ha dedicado a convertir a los líderes indígenas en portavoces religiosos. Pensadores como Javier Albo han tenido influencia decisiva en las luchas indígenas.  Es así que en Bolivia hemos perdido, no hemos asumido, o hemos negado, los debates en torno a nuestros cuerpos. Vivimos en una sociedad de represión y vergüenza corporal, de violencia sexual y física ininterrumpida, sin poder entender lo urgente del debate del cuerpo; sin poder entender lo urgente de la comprensión del cuerpo, el placer y el sexo, y sin saber por dónde empezar. ¿Por qué nuestro destino es la vergüenza y la represión, por qué el castigo corporal es algo tan cotidiano, cuanto de coloniales son nuestros “usos y costumbres”?

Lo “indígena” no tiene que ver con cómo nos vestimos, sino también con cómo nos desvestimos, nos miramos y nos tocamos. La solución al racismo no es poner una “cholita” de recepcionista, sino la capacidad debatir, criticar y replantear la forma en cómo circula el deseo erótico en nuestra sociedad. ¿Por qué Gabriela Zapata es eróticamente deseable y Felipa Huanca no?

El chacha warmi y la vertical e incontestable división sexual en la que lo masculino y femenino son antagónicos y obligatoriamente complementarios, que es el supuesto de toda la organización del mundo indígena, no es más que la moldura colonial del catecismo metido a plan de azotes, persecuciones y escarnio histórico. 

Intelectuales como Alison Spedding dicen que no hay cómo decir lesbiana, homosexual o hermafrodita en aymara o quechua, cuando todos esos vocablos y muchos más (yo he encontrado 15) existen en el primer Diccionario de la lengua aymara, recuperado por el misionero jesuita Bertonio, texto terminado de escribir a 80 kilómetros del lago Titicaca, a finales del 1500. Otra cosa es que esos vocablos hayan sido borrados de nuestra memoria política.

La mariconería boliviana adopta las denominaciones GLBT (gay, lesbiana, travesti, transexual, etcétera) importadas por las  ONG, sin atreverse a pensar en la descolonización de nuestros cuerpos. Aceptan colocarse como lucha secundaria de la demanda de derechos cuando constituimos los cuerpos, donde masculino y femenino hallan su desorden, hallan su mistura, hallan su complejidad, hallan su relatividad, hallan su jolgorio.

La lucha maricona es la lucha por la descolonización de nuestros cuerpos, no por la conquista de una de las instituciones patriarcales más nefastas, como es el matrimonio. La lucha maricona es la lucha por la soberanía de nuestros cuerpos, no por la “aceptación” y el disciplinamiento de nuestros cuerpos.

El cuerpo marica, lo marica, la mariconada a la que pertenezco representa el cuerpo en el que la sociedad puede releer sus cuerpos,  releer sus deseos, redibujarse como en un espejo. Por eso mismo nos desprecian, matan, ridiculizan y castigan. Lo hacen para evitarnos, para expulsarnos del colegio, del trabajo, del barrio, de la familia o de la comunidad y así no tener que repensarse. Lo nuestro es el centro del placer y no la limosna de derechos inservibles.

María Galindo es miembro de Mujeres Creando.
 

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