Continuidades y rupturas

Los cambios sociales, el Presidente y el 21 de febrero

jueves, 4 de febrero de 2016 · 00:00
En distintos momentos y escenarios hemos sostenido que los cambios operados en Bolivia desde el año 2000 son históricos y que, además, no son propiedad de una sigla política y menos de una persona.

Es evidente que el MAS ha consolidado la impronta de la sociedad a través de una serie de políticas públicas. Por una parte orientadas a la redistribución de los recursos estatales -incidiendo de manera importante en el mejoramiento de condiciones de vida de sectores vulnerables-, la reducción de los indicadores de pobreza y pobreza extrema, la atención con servicios públicos a zonas alejadas, la realización de obras de infraestructura en zonas antes desatendidas –aunque el mapa boliviano se haya llenado de rectángulos verdes de pasto sintético-, los bonos, la reducción de tarifas.

En fin, sin olvidar que todo esto también se realizó con los recursos provenientes de una mejor retención de excedentes por la exportación de materias primas y, fundamentalmente, porque éstas gozaron de un momento de gran bonanza económica en el mercado internacional.

Otro aspecto importante tiene que ver con el proceso de inclusión social mediante la presencia de dirigentes campesinos, gremiales y otros en espacios de ejercicio del poder. La aprobación de leyes como la ley contra el racismo y toda forma de discriminación y, de manera paralela y coincidente, el  "empoderamiento”  de amplios sectores sociales en la esfera económica, producto de la vinculación virtuosa de  comerciantes y gremiales con el mercado internacional, proceso que se inicia en los 90 pero se intensifica en la última década mediante el fenómeno denominado "globalización desde abajo”.

En cambio no se ven cambios sustantivos en la anunciada derrota al modelo económico neoliberal, en el freno a la corrupción o en los patrones estatales que han quedado sólo como enunciados en la Constitución, como la plurinacionalidad y la autonomía,  el fortalecimiento del pluralismo en todos sus aspectos, jurídico, económico, cultural y político, o la verdadera atención hacia los pueblos indígenas y sus demandas.

No hay que olvidar que todas estas iniciativas, y sobre todo la fuerza para avanzar hacia ellas, fue obra de los movimientos sociales desde  principios de siglo, mediante el despliegue de sus propias estrategias de  lucha que dieron lugar a eventos como la Guerra del Agua o la Guerra del Gas, entre muchos otros, y como efecto de la decisión de la propia ciudadanía, que orientó su voto hacia nuevos derroteros.

Por tanto, ha sido la sociedad boliviana que de diversas maneras en  esta última década y media  ha sido protagonista y se ha ido apropiando de estas  transformaciones, al punto que  ninguno de estos avances puede estar ausente de  cualquier propuesta política o programa de gobierno futuro que se elabore.

Esto significa que el proceso abierto a principios de siglo,  que a la vez recoge los grandes avances de la revolución del 52 y de los albores de la democracia a principios de los 80 -incorporando nuevos elementos y  sujetos-  está fuertemente anclado en la sociedad civil y en ese sentido es irreversible. Si esto es así, la gran pregunta hacia el 21 de febrero  es  si un proceso de tal magnitud y arraigo social puede estar sujeto sólo y exclusivamente a la presencia  de un personaje al mando del país, pues de otro modo quedaría "truncado”. Es decir ¿sólo la  presencia física del actual presidente puede garantizar su continuidad y sostenibilidad?

María Teresa Zegad a es socióloga.

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