Continuidades y rupturas

Espejito, espejito, ¿quién es el tuitero número uno de Bolivia?

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jueves, 23 de noviembre de 2017 · 00:03

Las redes sociales constituyen un escenario cada vez más concurrido por la política. Los clásicos espacios de opinión pública y política están siendo subrepticia e intensamente desplazados, o más propiamente   han comenzado a coexistir con intensidades y características distintas con el ciberespacio:  redes sociales como Facebook,  Twitter, blogs, páginas web y WhatsApp .


 Los personajes públicos que  asocian su presencia en estos espacios como mediciones de su popularidad y se esmeran por conseguir adeptos, reacciones o  comentarios se equivocan, pues los sitios web constituyen un reflejo subjetivo de la realidad, que en el extremo generan individuos like dependientes y competidores en  una carrera sin sentido en  búsqueda de rating. 


 Evidentemente estos nuevos escenarios han removido las viejas estructuras de acción política, posicionamiento de ideas, debate y visibilización de situaciones concretas. No obstante,  precisamente por sus características, no son espacios estables, de pronto una publicación creativa e impresionante puede generar una gran viralidad y no significa que sea necesariamente relevante, que haya removido el tablero político o creado un nuevo líder, aunque no hay que despreciar los efectos acumulativos que se puede lograr y el efecto en la agenda pública.  Por esta razón muchos políticos o simples ciudadanos se esmeran por constituirse en influencers  en un escenario inédito de interacción en el que desde el rincón más recóndito de la privacidad –nuestra propia computadora o celular, el exocerebro diría Arditi- o en muchos casos desde el anonimato, se puede hablar, reaccionar, comentar, apoyar o rechazar, sin más esfuerzo que mover algunos dedos de las manos.


 Estos espacios, que generan cada vez más comezón por su impredecibilidad, han sido minimizados por liderazgos políticos tradicionales acostumbrados a realizar encuestas, trasladar camiones o buses llenos de supuestos seguidores e impactar con masivas concentraciones; pero, al parecer,  también vuelcan los ojos para mirar su performance en la internet.


 Hace pocos días  se pudo percibir esta preocupación  cuando el actual presidente Morales cuestionó airosamente un estudio publicado por este diario, que establecía que Carlos Mesa contaba con más  seguidores en su cuenta Twitter que él mismo, y, por tanto, él ya no era, como decretó el día de su cumpleaños  una de sus más próximas colaboradoras,  “el tuitero número uno del país”.  


 Morales aclaró que se trataba de un dato mentiroso porque Mesa tuitea desde 2011; mientras él abrió su cuenta recién en abril del año pasado. Este comentario y preocupación eran impensables un año atrás, a pesar de que el caso Zapata y el 21F ya generaron una intensificación del uso de estos medios por parte del partido de gobierno ante la imposibilidad –real y antidemocrática- de contenerlos.


 Hoy en las redes sociales se ejerce oposición, se sigue al oficialismo, se transgrede las normas, se visibiliza la vida privada, se pone a prueba una opinión o una tesis, se dice sin decir, se expone sin estar presente; en fin, se vuelve un universo desafiante para la creatividad, donde -como dice Byung-Chul Han- se produce un desnudamiento voluntario.


La digitalización de la política no puede sino poner en aprietos a quienes están acostumbrados a mirarse en el espejo de sus seguidores para convencerse de que su  imagen continúa impoluta. 
 
María Teresa Zegada es socióloga.

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