Continuidades y rupturas

Abril en nuestras entrañas

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jueves, 12 de abril de 2018 · 00:04

Toda tarea histórica no concluida, asoma una y otra vez en distintos momentos; diez, 50 o 100 décadas después reclamando por su existencia. Abril de 1952 ha marcado la memoria de los bolivianos y muchos de los aspectos que  estamos viviendo hoy, convocan a ese pasado, son un reciclaje de aquel proceso en un nuevo contexto.

 A propósito de los acontecimientos del 52, James Malloy en su libro Bolivia: la revolución inconclusa (recientemente reeditado por CERES), sostiene que  una revolución no es un suceso momentáneo, sino un proceso cuya duración  y resultados pueden variar; puede terminar en un cambio del orden establecido; es decir  en una transformación estructural;  en una contrarrevolución; en un cambio adaptativo o  bien; puede quedar pendiente indefinidamente sin una clausura, desparramada en las contingencias de un futuro incierto.

            El 52 marcó, sin duda, un cambio de época  pues, siguiendo al autor, una revolución se define por sus cualidades y no por sus consecuencias. Afectó la legalidad y la autoridad en sus sentidos más profundos e involucró tambien un problema moral. Una revolución, es en realidad, un escenario de  disputa por el poder; por tanto, para que exista un verdadero cambio que posibilite la emergencia de un  orden alternativo, los factores que sostenían al régimen anterior deben agotarse  y requieren de la rearticulación simultánea de un bloque político emergente, emancipador capaz de sustituir al anterior.

  La revolución estableció un punto de inflexión entre el ancien régime oligárquico y un nuevo orden.

Fue propiciada por un partido protagónico, pero en particular, por la concurrencia de las masas sociales sublevadas, que se autonomizaron, tomaron el poder y arrastraron al país a una situación revolucionaria, pero ¿pudieron consolidar en ese momento el anhelado nuevo orden? En realidad fue una revolución con muchas ambiciones para ese momento, que intentó concretar dos tareas: la modernización del país mediante políticas desarrollistas y la integración social, ambas fueron apuntaladas parcialmente. 

  Después de la interrupción violenta del proceso en 1964, dichas tareas trataron de ser retomadas muchas veces,  ya sea por gobiernos dictatoriales autodenominados nacionalistas -conservadores- o de izquierda nacional, o bien por las democracias modernas.

   Los signos del actual ciclo histórico muestran que en pleno siglo XXI  esa revolución denominada por Malloy “inconclusa”  volvió a la superficie y goza de total vigencia, probablemente reclamando la culminación de sus tareas, por supuesto, en un contexto, sujetos y condiciones distintas. Con un Estado que centraliza los recursos estratégicos, cumple las funciones de modernización mediante políticas de desarrollismo y extractivismo, prioriza  la redistribución de recursos abundando en obras y beneficios que llegan de manera directa a los sectores sociales para mantener su legitimidad.

   La fórmula de intercambio político entre Estado y sindicatos campesinos cobra total vigencia, las extendidas interpelaciones simbólicas a la nación y a la integración  patriótica, la concentración de poder en un solo partido -esta vez además en un solo líder histórico-  anulan las posibilidades de cualquier amenaza al proceso. Por tales razones, este 9 de abril de 2018 deja más preguntas y controversias sobre la exitosa o no reedición de aquel proceso que nostalgias de algunos de los sobrevivientes del emenerrismo.

María Teresa Zegada es socióloga y analista.

Confidencial

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