Desde el mirador

¿Realmente se cuida el capital humano?

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lunes, 18 de diciembre de 2017 · 00:06

Hoy 18 de diciembre se recuerda el Día Internacional del Migrante, instituido por la Organización de Naciones Unidas, ONU.  En la mayor parte de los casos no se trata de gente que decide cambiar simplemente de lugar de residencia,  por cambiar de paisaje y del entorno que le rodea o ver otras posibilidades para la realización de sus iniciativas de oficio,  de profesión o de ocupación. Esa mayoría ha sido forzada a establecerse en otros países lejanos y ajenos a los ámbitos donde nacieron y crecieron.     


 Según el organismo internacional este año se registró cerca de 240 millones de migrantes  en el mundo y una considerable parte de ese total vive un verdadero drama. En la ONU, se estima  2017 como “como un año de sufrimiento humano y tragedias migratorias”.  El secretario general de la ONU Ban ki-moon puntualizó:  “Comprometámonos a dar respuestas coherentes, amplias y basadas en los derechos humanos, guiándonos por la legislación y las normas internacionales y un empeño compartido en no dejar a nadie atrás”.


 La condiciones en que los migrantes luchan por la vida exige respuestas claras y concretas basadas en una revisión profunda de los factores que ocasionan las guerras, el cambio climático y otros desastres así como la globalización y el capitalismo, así como demanda estrategias efectivas para evitar  grandes   desequilibrios  que obligan a  la migración.


 De ese panorama mundial de migraciones derivamos otro enfoque a lo nuestro. En el   último tiempo, no más de cinco años, en las puertas de consulados, particularmente de algunos países europeos, formaba largas filas gente ansiosa de salir, abrumada por el desempleo o el subempleo, en busca de posibilidades de trabajo.  Esperaban una autorización dos, tres o más días y   sus noches, inclusive durmiendo a la intemperie. Esto sería nada más que lo superficial anecdótico, pero en el fondo de la cuestión hay algo más  conmovedor. Era un tremenda frustración  en su propia tierra.


 Desde que se ha recuperado la democracia en el país, hace más de tres  décadas, en la sucesión de la cita a las urnas se han hecho muchas promesas para capitalizar votos. El más trillado de los ofrecimientos ha sido el de la creación de empleos. En la mayor parte de ingenuos ciudadanos, los políticos  han despertado ilusiones, pero ha sido evidente que pusieron al descubierto la alta dosis de demagogia de sus campañas electorales con el manido anzuelo de “puestos de trabajo para todos”.

No hubo que esperar mucho para que se desvanezcan sus compromisos.


 Inexorablemente el reclamo no puede evitar convertirse al mismo tiempo en denuncia y queja. Pero, en este caso, la demanda no tiene el acento abyecto de la cantilena, sino la identidad del que exige un derecho. Es, además, el argumento auténtico para que el actual gobierno realice estudios serios de este problema,  para su atención urgente en escala nacional.  


 Ya repicaron muchos campanazos en el reclamo y lo más preocupante se da en una migración desbordada. Que otra salida podría encontrar a quien se le niega aquí la posibilidad de trabajar y subsistir. En la estampida se agotó, más de una vez, la provisión de pasaportes. Una empresa dedicada a estudios y encuestas ha revelado que de cada dos bolivianos, uno quisiera irse si pudiese.

No es una simple estimación, avala el diagnóstico la migración comprobada en distintos países vecinos y en el viejo mundo, que dan cuenta de miles de ciudadanos bolivianos que han abandonado el país por la razón anotada.


 Desde otros ángulos,  últimos informes del Instituto Nacional e Estadística  y del Centro de Estudios para el Desarrollo Laboral y Agrario, se  asegura que existe un 80 por ciento de empresas que estarían dentro de la informalidad, tan sólo un 10% en la formalidad y un notable 10% de población desempleada. A propósito de esta última referencia, si traducimos a cifras el dato, unas 400 mil personas no tienen fuente de trabajo.


 La referencia más o menos aproximada es que desde el año 2000, salieron del país unas 20 mil personas  anualmente y esto lo relacionamos con la falta de empleo porque mucha gente se va con la idea de encontrar ocupación afuera.


 Algo habrá que hacer imperiosamente para evitar la fuga de capacidades de profesionales u obreros que pueden aportar positivamente al país. La exigencia de empleo a la nueva administración gubernamental no puede tener como respuesta el discurso como nos acostumbraron;  una cosa son las palabras y otra muy  distinta la conducta que figura detrás de las frases.


 La acción tiene que guardar lealtad con las ofertas. Mucha gente de la que se está yendo ha llevado sobre las espaldas el sacrificio de la crisis y debe ser el titular del derecho a trabajar, sin la promesa destinada al olvido.

Mario Castro es periodista.

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