Curarse en salud

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lunes, 01 de enero de 2018 · 00:06

Hoy,  condicioados al convencional calendario,   comenzamos a transitar un nuevo año. En este comienzo  también empieza a intensificarse la  época de lluvias. El fenómeno natural que sucede,  en  muchas regiones,  a duras sequías se presenta con fuerza. Y recogemos aquí, algunas precisas informaciones,  aquellas que revelan los estragos que causaron en Beni, Santa Cruz y La Paz.

Se llevó un puente en Trinidad, obligando al cierre de la carretera que une esta ciudad con Santa Cruz  y, allí el colapso de la represa de San Javier. A partir de las 15.00 horas del domingo crecieron las aguas de los ríos Mapiri. Tipuani y Chalana que con su desborde han inundado la población de Guanay y Candelaria habiendo sido afectadas más de 50 familias.

En Cochabamba torrenciales lluvias y granizadas afectaron a 650 productores del municipio de Vacas, con  pérdidas de cultivos y viviendas,  donde viven nueve comunidades que a pesar de ser socorridos por sus autoridades locales piden ayuda a la gobernación del Departamento y a Defensa Civil a  lo que se suman las preocupaciones que tienen de mayores precipitaciones y pronósticos de la  probable presencia del fenómeno  “La Niña”. 

Eso es algo del panorama general ; hay otra, como todos los años,  no más halagüeña que es una suerte de antesala a la temporada pluvial, la de las crueles sequías que afectan a unas 20.000 familias en cerca de 87 municipios en el sur del país, en los departamentos Chuquisaca, Cochabamba, Potosí, Santa Cruz, La Paz y Tarija. Desde Defensa Civil informaron que un total de 19.500 familias fueron afectadas por ese cíclico problema.

Todo este clima de adversidades nos induce a una reflexión:  una frase extraída de la sabiduría popular “hay que curarse en salud” que aparentemente encierra una paradoja o un dicho que impele a lo insulso tiene una profunda connotación y la rescatamos ahora para el análisis.

En estos días, el drama del desastre en oriente y occidente exige ser considerado en días sucesivos,  no sólo a nivel informativo o en el campo del comentario, sino en el de la convocatoria a la más absoluta comprensión y a la participación solidaria. Una naturaleza desbordada y destructora ha causado desasosiego y  dolor. Consideraciones de carácter humano obligan a insistir en que debemos volcar la mirada a esa conmovedora realidad.

Es evidente que no todo fue “mirar de lejos” u “oír sin escuchar”. El  clamor de ayuda, como en otras oportunidades exige respuesta solidaria. Sin embargo, otra faceta triste es comprobar que siendo el nuestro un país con tantas posibilidades (ya lo comenté anteriormente) se haya relegado entre los más pobres del mundo; que sea un territorio tan vulnerable, que no se disponga recursos para estas emergencias como para otros asuntos importantes, porque no hemos aprovechado inteligente y adecuadamente lo que tenemos,  especialmente en recientes gestiones en las que se ha contado con un auge económico evidente en virtud de las cotizaciones de nuestros productos  esenciales en el mercado internacional y el apoyo que se ha dado desde ámbitos extranjeros.

Pero aquí queremos tocar otro ángulo de la cuestión, no sin reconocer que la furia de los elementos naturales cuando se desata es difícil de controlar y su caprichosa energía vence y arrasa; pero acaso, como señalaron entendidos en materia ambiental, algunos culpables, particularmente en zonas del oriente,  son aquellos que han deforestado irracionalmente parte de esos territorios.

Y hay otros factores negativos que vienen al caso.  Generalmente nos hemos caracterizado por ser un país de las urgencias. La urgencia de atender esto o aquello, cuando estábamos prácticamente, por decirlo con un par de lugares  comunes, “sobre la hora” o “con el agua en el cuello”. Las previsiones han estado ausentes y la planificación también. Las más de las veces se ha  recurrido a la improvisación.

Muchos fenómenos naturales son imprevisibles,  pero ¿nosotros conocemos con alta tecnología  la propia naturaleza?  apenas hemos arañado en algunos puntos de su epidermis,  y la presencia del “fenómeno del niño” se anticipaba, a ciencia cierta,  pero en lugar de una alerta temprana, oficialmente se minimizó su acción indicando  -no sabemos con qué cálculo- que “este año sería inofensivo, mucho menos activo que en los años anteriores”…     

De poco servirá repasar lo que pudo hacerse y no se hizo, pero como estos  fenómenos se repiten cíclicamente  tendremos que asimilar la lección, en beneficio de la prevención futura.  Como ése, otros tantos problemas de la naturaleza y de los de índole  humana, no podemos dejar que nos aniquilen física y moralmente. No esperemos que llegue la enfermedad que nos lastime. Hay  que curarse en salud.

 Mario Castro es periodista.

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