Desde el mirador

El tiempo climático juega una maña pasada

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lunes, 12 de marzo de 2018 · 00:06

La inclemencia ha reunido a varios severos componentes. Lluvias intensas. Fuertes granizadas.

Densas nevadas. Ríos que se extravían en causes desconocidos. Se deshielan macizos. Caudales de aguas incontrolables. El desborde amenaza y destruye. El decir popular es cierto: “Llovido sobre mojado”. Inundaciones aquí y allá, en el llano, en los valles y en la meseta andina. Se desatan tormentas con más fuerza que en otras épocas. Se anuncia oficialmente a lo que no se quería llegar, la declaratoria de emergencia nacional.


El gabinete ha aprobado, en su última reunión, declarar estado de emergencia para atender a las familias por inundaciones en municipios de toda Bolivia. En efecto el Viceministerio de Defensa Civil confirmó que hasta el fin de febrero, en ocho de los nueve departamentos se registraron 18.400 familias afectadas y de éstas 1.200 damnificadas en extremo, por inundaciones.


También en estos días se reportó que 110 mil hectáreas de cultivos han sido afectadas causando daño a la producción y al Producto Interno Bruto.


Los medios informativos difunden noticias que constituyen sendas y conmovedoras demostraciones  de que el problema ha adquirido características de tragedia nacional. En algunos casos la explotación irracional de bienes en las riberas de ríos ha deteriorado contenciones naturales. Igualmente se atribuye el daño, en algunas regiones, a la deforestación. 


En otros, en las ciudades, el taponamiento de bocas de tormenta que se debe a la falta de conciencia y de educación de la gente que allí echa desperdicios. En La Paz  imprevisiones en esta topografía de cerros donde debían haberse instalado resguardos indispensables para deslizamientos. Esos y otros factores acentuaron el desastre.


A esto se suma que el Servicio Nacional de Meteorología e Hidrología declaró alerta en varios departamentos por el aumento del caudal en los ríos Mamoré, Rocha, Pilcomayo, Suches, Madre de Dios, Tahumanu, Acre, Desaguadero y la cuenca alta del Beni


No es fácil sintetizar este cuadro  de situación porque cada día crecen desastre y  pérdidas. No son pocas las víctimas fatales. La ayuda que se presta no alcanza para paliar el mayúsculo problema y menos para remediarlo, la magnitud de los sucesos significa que se tiene que mover recursos económicos importantes para socorrer a las personas damnificadas. 


 A propósito de esto, se anunció que CAF Banco  de Desarrollo de América Latina  ofreció otorgar créditos inmediatos  y con facilidades de acceso, a fin de atender la situación de emergencia  que significa por añadidura, lamentablemente,  incrementar la deuda externa, deuda abultada en los últimos años con inversiones no siempre beneficiosas a la colectividad sin exclusiones ni al bien común que reclama la sociedad.


A escala nacional, cientos de personas han quedado sin vivienda. Miles de hectáreas resultaron bajo el agua y el fango. Los cultivos fueron arrasados. Las pérdidas económicas, sobre todo en regiones agrícolas y ganaderas del oriente, evidentemente son cuantiosas. Quedará una larga secuela de mayor empobrecimiento. Los campesinos que no ignoran esa consecuencia emigran a las ciudades en busca del pan elemental y la vivienda precaria.


Pese a ese sintético balance del desastre, en algunos sectores, parecería que no se toma conciencia de lo que sucede.  Acaso la distancia nos lo minimice. Pero su magnitud debiera, cuando menos, sacudirnos hasta la comprensión.


Es harto curioso que no se genere un amplio movimiento de solidaridad. No se sabe de alguna política  de Estado que hubiera intentado paliar la desgracia de tantos bolivianos.  Con algo se cuenta, se ha destinado presupuestos pero, penosamente, insuficientes. La ayuda viene también de afuera y cómo no agradecer esa adhesión.


El tiempo de la solidaridad, sin embargo, es casi inagotable. Siempre es la oportunidad para acudir a los que necesitan. Sobre todo cuando el drama tiene las características mencionadas.


No podemos dejar que sólo nos consterne el dolor que está al alcance perceptivo de nuestros sentidos. Esa es una forma peligrosa de deshumanización.

Mario Castro es periodista.

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