Desde el mirador

¿Qué hay detrás de la agresividad?

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lunes, 07 de mayo de 2018 · 00:04

Un asunto que nos toca en jornadas de conflicto y también en la vida cotidiana  es la agresividad humana. En el diario vivir en determinados ambientes y hasta en la calle,  no sólo se da en circunstancias de fricción; inclusive, sorprendentemente, en la relación simple, en oficinas, en tiendas, en mercados, en el transporte público, en la atención de servicios, cuando compramos algo, es decir, paradójicamente, allí donde deberían tratarnos, por lo menos, con educación y con mínima amabilidad.

      Esto nos mueve a pensar: el hombre es agresivo por instinto o por culpa de la sociedad en que vive. Repetidas veces se ha indicado que no es congénita del ser humano, sino que es provocada por el medio en que se desenvuelve. Los argumentos son muchos pero, sin duda, el hombre no es agresivo porque sí.  No se desmiente que la violencia es un problema socialEn la medida en que se tiene una organización social más compleja, las colisiones de personas o grupos humanos son más frecuentes.

      Es evidente que uno de los elementos que contribuye de una manera decisiva a la agresividad es la sensación de frustración y sobre el tema existen innumerables estudios. Pueden ser frustraciones personales o colectivas, cuya tendencia, finalmente, es agredir.

No es nuestro país el único ejemplo con un historial de agresividad que, a veces, degenera en violencia.

      Concurren muchos factores que son universales y a los que, remitiéndome a unas apreciaciones del distinguido escritor Alfonso Crespo, en su libro Los Aramayo de Chichas, se añade otro de orden telúrico. El autor puntualiza: “alguien ha avanzado la teoría de la ‘anoxia’. La ciencia médica identifica ciertos fenómenos biológicos y psíquicos originados por la altitud en la que vivimos bajo el nombre genérico de ‘anoxia’, vocablo de origen griego que significa carencia de oxigeno”.

      Se admite, en general, el límite para la actividad fisiológica y psicológica del hombre, con reflejos normales, hasta los dos mil metros. Superada esa altura van alterándose gradualmente; Es decir, la altitud sobre el nivel del mar señala el nivel crítico. Apunta el autor: “Los tejidos nerviosos resisten dificultosamente la carencia de oxígeno. Sus efectos se asemejan al envenenamiento provocado por el monóxido de carbono.

      Agrega en el mismo libro: “amenguados el instinto de conservación y juicio prudente, el individuo afectado por la ‘anoxia’ se torna pendenciero y agresivo y siente la urgencia física de odiar y destruir”. Y concluye “sin pretender dar a la teoría de la ‘anoxia’ un valor científico, tal vez en ella se esconda una de las claves de la atormentada y trágica vida del boliviano, particularmente de valles y altiplano y su historia”.

      En relación con este tema, los especialistas, entre otros detalles, han puntualizado que  la agresividad  tiene su origen  en muchos factores, tanto internos como externos,  tanto individuales como familiares y sociales,  económicos y políticos,  además de la adicción al alcohol  y a las drogas, pueden generar también comportamientos agresivos y violentos.

      La agresividad, como la ansiedad, es  un comportamiento o conducta que, a cierto nivel, se considera normal, funcional y necesaria para la supervivencia y la vida cotidiana pero que, a ciertos otros niveles, se considera anormal, disfuncional y generadora de muchos otros problemas,  puede llegar a ser devastadora contra los que nos rodean o contra nosotros mismos.

      Aparte de causar daños incluso físicos a  las víctimas, puede servir para  coaccionar e influir en la conducta de otras personas, para demostrar el poder que se tiene entre los demás  para conseguir una reputación  e imagen de líder. Una de las formas de manejar nuestra ansiedad es por medio del poder, en los demás. Es una estrategia muy efectiva, pero si es demasiado explícita puede verse seriamente castigada por la sociedad.

      Concluiré en que si una lucha permanente de intereses contrapuestos mantiene vigente la agresividad y, por ende, la violencia, la educación como antídoto es la única herramienta útil. Con ella se puede alcanzar la convivencia pacífica.

Mario Castro es periodista.

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