Dársena de papel

“Muchos dicen lo mismo”

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lunes, 25 de diciembre de 2017 · 00:00

La cada vez más frecuente vinculación del actual gobierno con la dictadura resulta cada vez menos injusta. En principio, se da la coincidencia de que la analogía se repite tanto dentro como fuera del país; luego, la reacción es siempre nerviosa, alterada, y siempre la misma: la negación (burda). Ojalá negando —simplemente— se desmintiera la realidad.

“No confundan (dictaduras) con presidentes electos por el voto del pueblo”, le respondió un ofuscado Evo Morales a su entrevistador Marc Perelman, de la cadena France 24, cuando este, sorprendido con la fresca salida de que no es él quien busca una nueva reelección sino que “el pueblo se lo pide”, le hizo notar que “muchos dictadores en el mundo dicen lo mismo”.

Y es que Evo, autor del último hit: “no quiero pero tampoco puedo decepcionar a mi pueblo”, peleando palmo a palmo el top ranking en las redes sociales con el popularísimo “no te ralles”, está convencido de que el denominativo le excede. Textualmente, siguiendo sus contestaciones en aquella misma entrevista, se refugia con placidez en una definición (muy básica) de dictadura: “es entrar con armas y con golpe”. Porque, complementa de inmediato, “aquí (en Bolivia) es someterse al voto soberano, al voto del pueblo, y eso no es dictadura”.

Ciertamente él fue elegido en un proceso democrático de votación. Pero esto no impide que, en el camino, pueda haber descarrilado y convertido a su gobierno en una dictadura, en rigor, una democracia dictatorial —por cierto ningún oxímoron sino casi una categoría política inaugurada por adelantados dentro del grupo de falsos profetas de la política mundial.

Lo llamativo del caso del Presidente boliviano es que pareciera incomodarle más que le llamen dictador y lo comparen con Nicolás Maduro a que todos los días marchen contra él por los abusos de su gobierno. Hay que ver los efectos perversos que deja en algunos el culto a la personalidad cuando este alcanza niveles cuasi religiosos.

El mesianismo llevado a la política es una fórmula probadamente exitosa. Hay decenas de populistas de izquierdas y de derechas que a lo largo de la historia se han aprovechado de las democracias para conducirse —no exentos de cinismo— por el arcén de las dictaduras.

Estos mesías, con su liderazgo carismático, entrañan peligro porque, como lo vemos en Bolivia con el drama de los médicos, no tienen problema en exponer su irresponsabilidad incitando a la violencia por amor al poder. Es, por supuesto, incitación a la violencia la clara incapacidad para manejar los conflictos demostrada por la Ministra de Salud y el Gobierno en general; nada que reprocharles, solamente siguen la tendencia a la criminalización de las profesiones: la idiosincrasia de una administración que, de la mano de la policía, se empeña en confirmar una cualidad represiva que no le hace honor a la democracia presumida por Morales).

Siempre he dicho que la principal virtud del MAS es el haber acaparado el arco político nacional dejando a la oposición en una ridícula minoría invisible. Su mayor error, el subestimar al pueblo con un discurso para idiotas. La estrategia populista, de basamento demagógico y por eso redituable, se ha desgastado tanto en el país que ya no endulza los oídos de nadie.

El periodista francés tiene razón: Muchos en el mundo han dicho lo mismo.

La falsedad y los liderazgos políticos mesiánicos forman una unidad indisoluble que modernamente se remonta no a esta novísima época de la posverdad, sino a tiempos abominables como los de la Alemania nazi. Si entonces el argumento para la atrocidad era el odio, hoy es el miedo y la victimización. En ambos casos, el atropello encuentra justificativos. El régimen que gira en torno al líder carismático se encarga de darle el soporte ideológico necesario para justificar los peores crímenes, aún a título de democracia. ¿Feliz Navidad?

Oscar Díaz Arnau es periodista y escritor.

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