Dársena de papel

El agravio como recurso de negociación política

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lunes, 08 de enero de 2018 · 00:15

¿Cuál es la gracia de tensionar a la sociedad con puro discurso beligerante que se descerraja como ametralladora desde el centro del poder? ¿Qué clase de político concibe la política como un espacio de guerra permanente? ¿Y qué espera un operador político cuando, por ejemplo, pone en su mira a centenares o miles de movilizados en las calles y termina disparándoles a mansalva con calificativos temerarios como el de “conspiradores”?

Si un funcionario de Gobierno convoca a los periodistas para decir algo en medio de un conflicto agravado por 40 días de huelga, se supone que ha premeditado las consecuencias de sus palabras. Si lo que dice sirve para soliviantar los ánimos, hay tres posibilidades: No sabe medir las implicancias de sus actos (lo que podría convertirlo en un inconsciente, irresponsable o, por lo menos, imprudente); no tiene ni remota idea de psicología (no entiende que insultando solo logrará enervar a los movilizados); o busca adrede la confrontación.

Hay que tener falta de tacto para agraviar al otro en una negociación política. En esta, con resentimiento no se busca el alivio de la contraparte sino satisfacer la propia necesidad de venganza. Por lo demás, ¿en serio creen posible obtener rédito alguno echando todo el tiempo leña al fuego en plena crisis?

A golpe de un modelo enfermizo de hacer política que exige la concurrencia de políticos en el papel de torpes, la élite en el poder ha configurado un régimen peligroso para la democracia en Bolivia. No se trata solo de Evo Morales, también de un grupo que lo rodea y cuyo ensimismamiento le impide conducirse y conducir a los demás con la lógica del bienestar común (se supone que este gobierno administraría el país escuchando a todo el pueblo y no únicamente al oficialista Conalcam). O, ¿cuál es la idea de utilizar la afrenta como recurso de negociación en la búsqueda de soluciones para un conflicto legítimo, con amplio respaldo social, como el de los médicos? ¿Qué intenciones puede tener un gobierno que se ocupa de estigmatizar a cuanto sector disconforme se manifieste y que, para deslegitimar sus protestas, incurre, siempre, en el mismo libreto: “la derecha”, “el imperio”, “la conspiración”?

Supongamos que el reclamo de los médicos, más los trabajadores en salud, maestros, obreros, profesionales, universidades, gremiales, cívicos, cocaleros… tuviera el propósito de la conspiración. Aplicando el criterio de las autoridades —gratuito, pues hasta ahora no han mostrado pruebas—, ¿acaso no se daría la coincidencia de un método similar al que desestabilizó el gobierno de Mesa cuando Morales era diputado y, además, propiciador de bloqueos? Triste casualidad, por cierto: que el país se hubiera acostumbrado a vivir al borde de la convulsión no es nada digno de orgullo. Y con las medidas de sectores fuertes como la COB y los transportistas en simultáneo, ese escenario, lamentablemente, no está lejos.

No veo sin embargo conspiración política sino opresión —además de represión— social. El reprimido sufre un embate físico; el oprimido, la sensación de que no le dejan respirar por causas más profundas que las evidentes en la superficie de la realidad.

Ojalá que prime la cordura y el clima de convulsión se desvanezca. Que Morales cumpla su mandato y que, si no respeta la decisión soberana del 21F e insiste con su nueva candidatura, el pueblo decida con su voto si debe continuar prorrogándose en el Gobierno o, por el contrario, debe irse nomás a cuidar su cato de coca. Que por la democracia de este país algún día deje de gobernar y no se perpetúe en el poder, como parece querer él, pero que no lo haga presionado, como le pasó a Mesa.

A lo mejor los políticos insensatos abandonan la táctica perversa de hacer política con la provocación. A lo mejor cambian, dejan de victimizarse burdamente, porque aprenden que así solo ofenden la inteligencia de sus gobernados.

Oscar Díaz Arnau es periodista y escritor.

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