Fascinación por el conflicto

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lunes, 06 de agosto de 2018 · 00:07

La estrategia de polarizar para tener un contendiente y legitimar un proceso electoral es típica de los proyectos de consolidación de hegemonías políticas. Puede gustar o no, pero no debería sorprender ni poner nervioso a nadie, y tampoco invisibilizarse sólo por el prurito más o menos nuevo en Bolivia –ora sociológico, ora ideológico– de negar todo lo que refiera a los términos polarización y hegemonía. “El MAS busca desesperadamente rival”, dice el aviso que no se animarían a publicar nunca en el periódico.

Este 6 de agosto –fecha simbólica– trae la promesa de marcar un antes y un después en la relación del Gobierno y sus organizaciones sociales con la población movilizada o “plataformas ciudadanas” que, a falta de una formal, son lo más parecido a una oposición política que existe hoy en el país aunque no tengan sigla ni se comporten propiamente como partido, sino más bien concentren sus fuerzas en la llana protesta civil.

A dos años y medio del 21F, las tensiones en lugar de bajar con el paso del tiempo han ido en aumento. Esto se debe al empeño de formalizar la candidatura de Evo Morales, primero, yendo en contra de la decisión de la mayoría en un referendo y, por último, acudiendo a un Tribunal Constitucional alineado casi sin disimulo a intereses políticos.

El desencuentro social que se huele en las calles, y que se patentiza en cada acto público del Presidente y el Vicepresidente, tampoco es casual. La atracción por el conflicto, explicada con la nefanda tarea de quienes cobran un salario del Estado para soliviantar los ánimos a través de los medios de comunicación, incluidas las redes sociales, por un lado desdeña los aconsejables modelos de gestión de la conflictividad y por el otro revalida la tendencia a suscitar un escenario de guerra antes que de paz.

La emergencia del proceso preelectoral no solo está poniendo en apuros a la anulada oposición sino también al único partido visible en Bolivia, siendo este un obstáculo para su proyecto hegemónico en construcción permanente. Pero es un problema con el que, paradójicamente, disfruta el MAS, pues vive del goce retorcido de confrontar para –sólo así– sacar provecho contraponiendo su imagen presente con la del neoliberalismo pasado. Cuando salen a comparar a Carlos Mesa con Sánchez Berzaín, tampoco lo hacen gratuitamente. En la lógica del político boliviano promedio, necesitan manchar a su (otra paradoja) vocero de la causa marítima y pintarlo de “derecha” refrescando (sin mucho esfuerzo, claro está) la memoria de lo que fue como gobernante. Más pronto que tarde, desempolvarán las portadas de periódicos para mostrarlo junto a Sánchez de Lozada.

El objetivo es claro y ambicioso, y si para lograrlo antes precisaron de la articulación de poderes y de la confluencia de acciones impulsadas desde todos los flancos posibles, toca la fase del miedo. “Cuestión de sobrevivencia”, dice el velado mensaje que no publicarían jamás pero que va dirigido principalmente a la militancia, ergo, a los funcionarios.

Kant afirmaba que “en el reino de los fines todo tiene un precio o una dignidad”. Un político no deja de ser humano, y, estando la humanidad alimentada de faltas a la ética que contribuyen a la degradación moral, el nuestro es un particularísimo reino con fines muy tentadores.

Hay una verdad –pragmática, o ingenua, pero verdad al fin– que repica en el oído como dictado de conciencia y pretende que todo se reduce al interés maniqueo. Los últimos tiempos impusieron la idea de que no es más posible encasillar las preferencias ideológicas en la izquierda y la derecha, que esto es una antigualla; otra verdad ingenua, o pragmática. Resulta que por esas obstinadas paradojas de la política nacional, la polarización ahora conviene a unos y otros por igual. Entonces tiene lógica el uniforme acento en la retórica del clivaje amigo-enemigo, esa especie de fascinación por el conflicto.

Óscar Díaz Arnau es periodista y escritor.

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