Dársena de papel

La orfandad de los moderados

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lunes, 03 de septiembre de 2018 · 00:07

La tolerancia está detrás de la moderación, no de la destemplanza. Como este es el tiempo de los radicalismos, es el tiempo de la intolerancia. Tiempo de rechazo al otro, no de búsqueda de encuentro. Tiempo de guerra de baja intensidad, no de concordia.

Desde hace tiempo que se señorea una forma de violencia pública cada vez menos velada: el discurso hegemónico con una línea intransigente de pensamiento que alienta a la confrontación. Son tiempos políticos que empujan sutilmente a los ciudadanos a fanatizarse o a quedar marginados de la vida en sociedad. No son tiempos para moderados, sino para destemplados.

La polarización existe sólo con (la enemistad de las) partes enfrentadas. En circunstancias como las actuales, de disenso provocado y, por tanto, irreconciliable, a ningún político, por ejemplo, se le ocurriría pensar en un acercamiento. De ambos bandos hay agitadores movidos por el odio y el resentimiento y, si hubiera alguna diferencia entre ellos, según el lente con que se mire, unos fomentan ese malestar y los otros reaccionan en consecuencia.

Pragmatismo puro y simple. Ellos siguen un guion invariable, porque les conviene, y, en medio de la balacera, los pueblos no son robots absorbidos automáticamente por los extremos, aunque a ratos pareciera que lo fueran.

No obstante, la película de estas democracias del siglo XXI tiene escenas menos dramáticas. Los mismos gobiernos que se empecinan en transgredir principios constitucionales básicos, estimulan a las ciudadanías a participar activamente en la política; son ciudadanías que de pronto toman conciencia de su responsabilidad para evitar el quiebre definitivo de las repúblicas. Ocurre como efecto dominó en diferentes países. Las clases medias —a menudo invisibles, apáticas, descuidadas— se abren al debate en nuevos espacios marcados por el intercambio de ideas, con la esperanza de la construcción colectiva del devenir nacional.

Estos tiempos de intolerancia y de imposición de pensamientos estancos que caen verticalmente de arriba abajo con todo el peso del poder, son también los mismos tiempos de una población que empieza a involucrarse más en los asuntos públicos y, horizontalmente, da la impresión de que asume compromisos. Tiempos de políticos que tienen la “virtud” de equivocarse y de ir cediendo, poco a poco, su monopolio de la política. Esa perniciosa (manera de hacer) política, la del ataque, la que presiona y obliga a la defensa para salir raudamente al contraataque. La política que se parece cada vez más a un burdo partido de fútbol.

En otras palabras, la estrategia calcada de socavar la institucionalidad de los Estados —más la tácita complicidad de oposiciones paupérrimas—, así como arrincona las democracias al punto de colocarlas en una posición de inviabilidad racional, despabila a la ciudadanía dormida.

Ahora bien, esto no implica la reposición ipso facto de la sensatez; sí, por supuesto, importa un balance de ideas, la antes dicha toma de conciencia: el día en que se pierde la libertad de pensamiento, se pierde definitivamente la democracia. Pero, no son tiempos para moderados. En lo que nos concierne, la moderación, “aquella predisposición del ánimo que nos hace adaptar nuestras ideas a la realidad en lugar de forzar la realidad para acomodarla a nuestras ideas” (Claudio Magris), está lejos de imperar en Bolivia.

En todo caso, los exaltados van dejando en la orfandad a los moderados. No hay café sin discusión acalorada ni amistad duradera entre pensamientos ideológicos diferentes, cara a cara o en redes sociales, sin que muera de política. Porque la política se ha convertido en una enfermedad —horrible, apestosa— contra la cual un buen moderado, no destemplado, busca con ansias una vacuna para no contagiarse y sucumbir así por su causa.

Óscar Díaz Arnau es periodista y escritor

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