Dársena de papel

La niña de las frutillas y el reloj del tiempo

lunes, 13 de mayo de 2019 · 00:09

El tiempo arrasa con nosotros, llevándose niños enteros como el río se carga las piedras y las ramas cuando está embravecido. Niños que pueden —deben— ser confiados a niñeras o a algún familiar condescendiente. Niños encomendados a guarderías o a centros pedagógicos, horas y horas, mientras sus padres malgastan —por necesidad— horas y horas en conseguir dinero para los fines de semana juntos. Queda el consuelo de que los tratan bien, generalmente, esas personas que no son sus mamás ni sus papás.

Los que son y los que no son sus madres ni sus padres, a veces, dejan sus hijos generalmente en poder de sus propias madres, es decir, de las abuelas de los niños, para conseguir dinero para los fines de semana juntos. Los fines de semana juntos son la acumulación de las horas y horas de trabajo de la semana sin hijos, pero con plata (y a veces ni eso).

La acumulación de las horas de trabajo es el cansancio para los hijos, que algún día sabrán comprender que sus padres se sacrificaban por la familia y ante la necesidad de dinero para la semana, para todas las semanas, y para los fines de semana de cansancio —queda el consuelo— juntos.

Le dicen descansar a ese cansancio acumulado que se desparrama en dos días después de una semana de trabajo que se distribuye en horas y horas, aunque los contratos solamente dicen ocho. Nadie alcanza a descansar el cansancio que se disimula para los hijos de fin de semana con la plata de la semana (cuando la plata de la semana está ahí) comprando dulces y algodones, burbujas de jabón y espadas de superhéroe en la plaza o en el parque, antes de volver al reloj del tiempo que arrasa con nosotros llevándose niños enteros.

Hace dos años, una niña contaba en un papel. Era boliviana y vivía en Argentina. La niña de las frutillas y el tostado, la que tenía la piel morena y la voz bajita.

En un papel le contaba a su maestra. La maestra que se hizo famosa por aprobarla después de recibir su honesta confesión de que, del examen, “no sabía nada”.

Como no respondía a ninguna de las consignas, la maestra, para darle una mano, le preguntó si sabía de las frutillas. Ella le respondió que sí. Entonces, recibió la orden de que mencionara “los aspectos más importantes de algún país latinoamericano”. La niña llenó tres hojas de frutillas y de tostados.

Era la niña de su mamá y su papá en la cosecha, como casi todos los bolivianos. “Casi todos los bolivianos trabajan en el campo y siempre llegan cansados y no les toman importancia a los hijos que nunca les preguntan nada, que cómo estás o algún problema en la escuela”.

Contó con detalle cómo cosechan los bolivianos la frutilla en Argentina y, entre otras cosas, escribió algo así: “Los bolivianos pueden soportar más el campo que los argentinos porque los bolivianos tienen el trabajo más pesado y los argentinos están en las oficinas, ¿o será porque ellos sí pudieron estudiar? Yo pregunto en mi casa por qué no estudian. ‘Porque no hay tiempo’, es la misma respuesta que me dan todos los días”.

“¿Alguna vez comió tostado?”, preguntó la niña conversando imaginariamente con la maestra, en el papel. “Se hace con habas. Las haces secar al sol hasta que estén más secas. Después tenés que poner en una olla sal y después poner las habas secas y tostarlas hasta que revienten. Mi abuela las hacía. ¿Sabe que mi abuela tiene ochentaialgo y fue al doctor y le dijo que estaba muy fuerte ella? Vive en el campo y solamente dos veces la vi”. La niña estaba dando su examen.

“La aprobé”, contó la maestra después. “La abracé cuando se fue. Le pedí permiso para compartir su texto en internet y le dije que escribiera todo lo que pudiera porque escribir hace bien, y porque siempre hay cosas importantes para contar”.

A esa niña —de la que supimos gracias a las redes sociales y al diario La Nación el año 2016— se la llevó el tiempo, el río que arrasa con nosotros.

Oscar Díaz Arnau es periodista y escritor.

Confidencial

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