Dársena de papel

Bolivia y la selectividad de Almagro

lunes, 27 de mayo de 2019 · 00:08

Es evidente el interés/la necesidad del oficialismo en Bolivia de alentar la candidatura de Ortiz para dividir el voto opositor y sacar la ansiada ventaja de 10% respecto del segundo en la primera vuelta electoral. Paralelamente, Evo debe asegurarse un mínimo del 40% de los votos. Así están las cosas del lado del Gobierno.

La salida de funcionarios del TSE como chorro de agua de ninguna manera puede tomarse por algo común o normal; a pocos meses de unas elecciones cruciales para el país es, al menos, extraño. Pero esto no es lo más curioso de la política nacional. Lo raro –digamos raro en vez de gracioso o de estúpidamente burdo– es que después de 13 años (sí, 13) ningún opositor le encuentre la vuelta (aunque sea eso) a la competencia mano a mano con Evo, cuyo liderazgo no está en discusión.

Evo llegó al poder en 2006 por la vía del voto y con él, evidentemente, hubo cambios. Si bien es claro que con el tiempo ha ido decepcionando a no poca gente a punta de métodos o actitudes reprochables que incluso han llegado a desmerecer su calidad de presidente democrático, formalmente, lo sigue siendo. Eso tampoco está en discusión.

La estrategia del “divide y reinarás”, por enésima vez, no es mala. Toda concentración del voto opositor implica polarización y esta, en las actuales condiciones de un fuerte descontento por la desinstitucionalización del país, al MAS no le conviene. A esto se suman los de afuera, que en nuestro caso, nunca son de palo.

En 2002, Rocha, exembajador de EEUU en Bolivia, pidió no votar por Evo y el tiro le salió por la culata. Hace unos días el secretario general de la OEA, Almagro, se mostró “legalista” al refrendar la sentencia del TCP favorable a la nueva repostulación del Presidente, sin importarle que contraríe la decisión del 21F y, por ende, de la CPE. (Si usted no conoce la realidad boliviana, discúlpeme que perturbe su entendimiento con esta ensalada de siglas que, aunque no lo crea, son el pan de cada día en este país; no se sienta mal, el desconcierto es también una constante entre nosotros, ahora último por el mentado Almagro, aunque lo de él no debería sorprender a nadie: basta revisar su historia próxima para estar al tanto de su propensión a las ambigüedades).

Almagro dijo lo que dijo y no terminó de explicarse –si acaso lo ha logrado–, sino dos países después. Dado el barullo –o el peso de su conciencia–, ya metido en camisa de 11 varas eligió seguir enredándose en sus palabras. Yo creo que fue lo menos prudente: es difícil creer que la suya fuese una maniobra inteligente. Salvo que… su cálculo (¿o no le pagan para eso?) pasara por apostar, con Bolivia, México y Uruguay (orden alfabético nada más), a un equilibrio regional entre los polos (desiguales) de Estados Unidos-Grupo de Lima versus Cuba-Venezuela-Nicaragua, como dice Pablo Andrés Rivero.

Almagro fue lapidario con Maduro, pero benévolo con el amigo leal de este, Evo. A simple vista, tiene dos caras: una antichavista y otra proevista. ¿No se puede ser ambas cosas sin ser tomado por loco o sin que parte de la oposición boliviana quiera darte un golpe? Evo puede parecerse en varios aspectos al impresentable de Maduro, pero, hoy por hoy, no es lo mismo ser evista que chavista. Reitero: las similitudes no precisamente igualan.

La discusión, no obstante, da para largo y estaría realmente loco si aspirara a cerrarla en tan corto espacio. Sólo dejaré una idea final respecto al “capítulo” Almagro: condenar el autoritarismo o el mesianismo político disfrazado de izquierda o socialismo es lo que corresponde a un representante de organismo multilateral, siempre y cuando sea este consecuente y no selectivo por conveniencia. Salvo que… su selectividad conviniera a todos.

En el tramo final rumbo a las elecciones, el juego de naipes está abierto. Y, pese a que esto permite mantener las esperanzas de unos y otros, da la sensación de que el panorama no cambia demasiado y de que unos juegan más avispados que otros. Después de trece años (¡13!), parece que es cuestión de saber o no saber jugar a las cartas.

Oscar Díaz Arnau es periodista y escritor.

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