Óscar Díaz Arnau

La última voluntad

lunes, 17 de febrero de 2020 · 00:13

¿Habrá un tema más trascendental e inquietante, o incierto, que la muerte? Muerte como vida con fecha de extinción segura pero desconocida, vida como una constante posibilidad de morir... He leído con placer una columna que Juan José Hoyos le dedicó a un compatriota y amigo suyo, un tipo querible hasta la médula, el maestro del periodismo Javier Darío Restrepo. Titulada “La ceiba de la memoria”, me atrajo no solamente por el tema: la muerte, sino por su gran emotividad y por su tratamiento llano, claro y a la vez conmovedor. Al final, por más tétrica que fuera, percibí una sutil interpelación personal: ¿Qué quieres tú para el día de tu muerte?

Restrepo murió el 6 de octubre pasado pero, antes, pidió para él ninguna pompa como despedida de este mundo. “Ni coronas, ni ramos de rosas, ni avisos en los periódicos, ni velación en funeraria, ni ataúd caro ni barato”. Hoyos, en su texto, cuenta además cómo las hijas del finado se disponían a cumplir la última voluntad de su padre, habiendo honrado ya esa parte en la que él recomendaba de manera taxativa “que en una camilla mi cuerpo vaya directamente al horno crematorio”.

Todo esto lo dejó dicho en una carta que el maestro dirigió a su nieto; allí le comenta que a su abuela (esposa de Restrepo) le había encomendado “que las cenizas, en una caja de madera sin adorno alguno estén en la misa que se celebre para pedir fortaleza para la familia y paz para mí”. Pero su pedido central fue éste: “…nada de cenizarios, esas urnas como apartados de correo que hoy reemplazan a los cementerios. En vez de eso sólo quiero las raíces de un árbol, cualquier árbol, que las acoja como abono. ¡Qué monumento mejor que las ramas y flores de un árbol, y los nidos que los pájaros tejen entre sus hojas, sin lápidas ni epitafios! No aspiro a que mi nombre figure en piedra alguna, sino en la memoria de los que he amado”.

¿Qué prefieres tú el día de tu muerte, la carroza fúnebre para tu cuerpo inerte o el sencillo árbol para tus cenizas? (no es necesario tomarlo literalmente). Yo, que sin carta ni nieto, pero con bastante desfachatez, dejé escrito en una red social que “sólo” se me rindiese memoria bautizando un equipo de fútbol (cualquier equipo, por mísero que sea) con mi nombre, quisiera, más seriamente hablando, lo mismo que Restrepo. Al fin y al cabo, como dice también él en “La ceiba de la memoria” de su amigo Hoyos, “¿qué tiene una tumba en un cementerio parroquial que no tenga un funeral en el mar, en un lago, en un río o en un volcán?”.

Una de las hijas de Restrepo le comunicó a Hoyos que habían trasladado las cenizas de su padre a su natal Jericó. “Finalmente el sacerdote entendió que mi papá quería que con sus cenizas se sembrara un arbolito... Sembramos una ceiba jericoana en el Jardín Botánico Los Balsos, el domingo. La escogieron en el Centro de Historia como árbol que podría representar a mi papá. Y esa noche fue la avalancha. Todavía no sabemos si la ceiba sobrevivió. Nos consuela que quedó en su tierra”.

A veces se me da por no creer en el consuelo. Pienso en los que quedan, en esos miserables desproveídos que reclaman tarde la presencia que ni siquiera fueron capaces de aprovechar cuando podían, y creo, a veces, que para la muerte no hay consuelo. Que ninguna palabra la aminora. Que ningún abrazo, por sentido que sea, puede con ella. Que las misas, sobre todo las de ostensible empeño espiritual, hacen un buen trabajo pero -sin tomárselo literalmente- la muerte hunde y, con ella, a veces creo, no hay salvación. Es de lo más injusto de la vida tener que sobrellevar la muerte ajena cuando ese ajeno es alguien “tan tú”, tan tuyo como tu madre, tu padre, tu hijo o tu hermano.

En (el cumplimiento de) la última voluntad quizá se esconda (la necesidad de) aquel consuelo esquivo; una búsqueda vital: si no existiera la muerte feliz, por lo menos una con imperturbabilidad del alma. ¿Quién pudiera no sufrirla? Epicuro le restó dramatismo a base de pura lógica contra sustos y otras debilidades humanas: “No tiene sentido angustiarse con la muerte o perturbarse por el morir, porque cuando la muerte llega uno no está y cuando uno está, la muerte no llega”.

Oscar Díaz Arnau es periodista y escritor.

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