Oscar Díaz Arnau

Libertad, corrupción y felicidad

lunes, 25 de mayo de 2020 · 00:13

En un nuevo aniversario del 25 de Mayo invito a pensar la libertad, no desde las reminiscencias históricas, sino como un elemento fundamental a partir del cual es posible alcanzar el cénit del bienestar (si usted quiere, la felicidad), teniendo las opciones de desenvolverse con integridad o de apelar a la corrupción moral. La decisión frente a esta disyuntiva personal es gravitante para el desarrollo familiar y social. Por esto último también aludiré al actual momento político que vivimos en Bolivia.

Primero, ¿qué sabe la ciencia sobre nuestro bienestar, sobre nuestra felicidad? He recopilado la siguiente información: la herencia influye entre un 20 y 30%, es decir, que si en una familia ven la mitad del vaso medio vacío o medio lleno, influye, eso no se puede modificar. Por otro lado, son inestimables los vínculos profundos que uno crea con la familia, con los amigos, con los compañeros de trabajo o de la clase.

(Dato: en 2018, el Reino Unido creó el Ministerio de la Soledad para afrontar el problema de la soledad crónica, factor de mortalidad más importante que el alcoholismo y la obesidad).

Sigamos. Científicos creen que en la ansiada aspiración al bienestar o la felicidad también influyen: el tener un propósito en la vida, el altruismo, el manejo de las expectativas. ¿El dinero? No, dicen ellos. Un millonario puede ser más feliz que cualquier no millonario, pero no lo será por tener más dinero.

Me llamó la atención que al final de la lista de aspectos que repercuten en la conquista del bienestar aparezca esto: menos corrupción, menos desigualdad. O sea que la corrupción y la desigualdad afectan al estado de bienestar de una persona (y por ende, de una familia, de una sociedad). Pregunta: ¿Qué estamos haciendo para combatirlas?

El escándalo de la compra de respiradores por parte del gobierno no ha destapado nada nuevo. Lo supimos siempre: la corrupción no tiene color político, caen en ella los unos y los otros. Así como hubo casos de deshonestidad en el manejo de lo público en la administración de Evo Morales, también los hay en la de Jeanine Áñez. Pero la cuestión de la falta de integridad no pasa por los gobiernos, sino por las personas.

En ese sentido, el presente es insalvable. Si acaso surgiera alguna intención política —genuina— por luchar contra la corrupción, se debería trabajar en educar a las nuevas generaciones con énfasis en la honestidad y la transparencia de los actos públicos y privados. Es la única manera de que tengamos, algún día, políticos íntegros.

Sin embargo, más allá de las intenciones y de las ilusiones, la realidad nos sopapea cada cierto tiempo mostrándonos cuán lejos estamos del arquetipo de funcionarios o políticos honorables. A su modo —cruel— nos recuerda que vivimos en una búsqueda constante de perfecciones imposibles, aunque eso mismo sea lo que nos mueve a seguir adelante: pretender, ambicionar aquello que no tenemos bajo el supuesto de que eso que no tenemos es lo mejor, lo necesario.

En este 25 de Mayo no quiero mirar al pasado, sino al futuro y asumir que la base de cualquier felicidad es la libertad. Tristemente creo que en Bolivia nos cuesta ser felices, entre otras cosas, por falta de autoestima. ¿Cómo estimular el capital mental para levantar la autoestima eternamente baja de los bolivianos? Es también una tarea pendiente de la educación que implica, por supuesto, a padres y madres de familia.

Para concluir, un dato más: la Universidad de Harvard, en un estudio longitudinal iniciado en 1938, que duró nada menos que 75 años y cuyos resultados se dieron a conocer en 2012, llegó a la conclusión de que la felicidad está en las relaciones sociales que uno teje a lo largo de su vida. Pero, en una lista (otra lista) de seis “claves de la felicidad” coloca por delante la recomendación de no subestimar el amor.

Su autor, George Vaillant, psiquiatra que dirigió la investigación desde 1972 hasta 2004, dijo sin vueltas: “La felicidad es amor. Punto y final”.

Oscar Díaz Arnau es periodista.

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