Oscar Díaz Arnau

Nosotros, según las redes sociales

lunes, 12 de abril de 2021 · 05:12

Para bien y para mal, el consumo cultural del siglo XXI pasa, casi indefectiblemente, por las redes sociales. Las nuevas generaciones no leen ni comparten sus inquietudes tanto fuera como dentro de ellas. Y las viejas, poco a poco, también.

Nostalgias aparte, algunos haciendo de tripas corazón, cada vez más “adultos mayores” deciden subirse al tren de la modernidad tecnológica porque entienden que lo contrario sería quedarse anclados en un tiempo que ya fue.

Pero no deja de inquietar que la actual sea, no obstante los avances en materia de comunicación, una era de redes con relaciones sociales más bien superficiales e inestables. La pandemia en ese sentido ha sido una gran aliada al obligar a la gente a utilizar los fríos medios virtuales para de algún modo mitigar la amargura del distanciamiento físico.

La sociabilidad, ahora, se traduce en inmensas cantidades de extraños cruzándose en las vaporosas calles de la internet. En realidad, nadie camina sino “navega” por la red de redes, y esto determina la constitución de lazos distantes y volátiles, que infructuosamente buscan una compensación con conexiones de video, pantalla de por medio.

La “modernidad líquida” de Bauman, con vínculos frágiles y ligeros; la fluidez y la liviandad, como decía Calvino, están plenamente vigentes en este mundo no apto para sensibles.

¿En qué nos hemos convertido? ¿Qué determina nuestro comportamiento? ¿Por qué decidimos usar los mismos canales para comunicar lo que nos interesa comunicar? Además, ¿somos capaces de, honestamente, reconocer que hacemos lo que hacemos sin dobleces?

En esta sociedad de redes sociales, todo el mundo opina de todo. Es el ambiente contemporáneo en el que se forman (y deforman) los criterios, a partir de un bombardeo de opiniones ajenas que se viralizan, ya sea en manera escrita o gráfica (con la efectividad comunicacional de los memes), después de haber sido ‘pegadas’ en muros, tuiteadas o subidas como “historias” a Instagram. Allí está ahora el germen del liderazgo: las RRSS son, me animo a decir, el lugar físico de la nueva escuela de líderes.

En suma, una paulatina dilución de las instituciones tradicionales, que han permitido la construcción de los vínculos entre las personas dentro de una ortodoxia cultural en más de veinte siglos, ha ido dando paso al fortalecimiento de las redes sociales, constituidas en espacios virtuales que, a su vez, han ido sustituyendo a la realidad de otros tiempos.

¿Cuánto de verdad y cuánto de mentira circula en ese “nuevo” ambiente en el que nos relacionamos habitualmente en este siglo XXI? Alguien —en las redes, cómo no— recordaba hace poco una predicción de José Saramago: “El mundo se está convirtiendo en una caverna igual a la de Platón: todos mirando imágenes y creyendo que son la realidad”.

A propósito, conviene reflexionar acerca de que una red social es ese lugar donde un “influencer” coloca una semilla y se sienta a esperar a que fructifique en un reguero de ‘likes’ o confirmaciones de su opinión. Pero, lo suyo a veces se traduce en poco menos que un acto de terrorismo, pues, sobre todo el influencer con perfil político, gusta de arrojar bombas y salir corrien dopara que el agrado o el desagrado, el amor o el odio, hagan su trabajo de polarizar.

En ese sentido, en las redes, por lo general, las ideas no se debaten sino que se plantan como minas antipersonas en la guerra. Se escribe en Facebook o en Twitter y se graba un video en YouTube para defender a ultranza una posición, con la seguridad de que será algorítmicamente respaldada por decenas o centenares de amigos o seguidores.

La fórmula funciona a la perfección por dos motivos centrales: el mundo está hoy más determinado que nunca por los “sesgos de confirmación” (descartamos ciegamente aquello que no comulga con nuestras ideas)y está enredado (todo lo hacemos en redes sociales, incluso amarnos entre pares pares y odiarnos entre pares dispares).

 

Oscar Díaz Arnau es periodista y escritor.
 

 

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