Agua de mote

2018: El año de la doble pérdida

viernes, 21 de diciembre de 2018 · 00:12

Por novena vez consecutiva realizo hoy la caracterización del año que se va según mi percepción, que no siempre coincide con la de los anuarios de rigor. Entiendo que el título ya indica hacia dónde quiero llegar pero, como lo he venido haciendo desde anteriores ocasiones como ésta, haré una apretada síntesis –tarea cada gestión más delicada, dada la limitada extensión de una columna–. Este ejercicio nos traerá a la memoria hechos que, por la dinámica de la política, en la cual unos hechos son cubiertos por otros, se fueron borrando de aquella.

2010: “el año del rodillazo”. Ocurrió durante un partido de fútbol en la cacha Zapata; el equipo presidencial se enfrentaba al municipal. Con pelota detenida –agravante en hechos de este tipo– el señor Morales Ayma propinó un alevoso rodillazo en la zona del bajo vientre (en los testículos, vamos) a un rival. La escena se propagó por todas partes causando repulsa generalizada. Esta acción retrata con precisión la posición del aludido respecto de las reglas –del fútbol, en particular, y de la administración del Estado, en general–.

2011: “el año del MASking”. Fue el periodo en el que el régimen, arguyendo luego que se había roto la cadena de mando, desató una brutal represión contra los marchistas del Tipnis en la región de Chaparina. Una de las formas de tal represión consistió en sellar las bocas de los indígenas de tierras bajas con la cinta conocida como “masking”.

2012: “el año de la caca”. De dicha manera –caca– calificó a las relaciones de Bolivia con Estados Unidos el Jefazo, haciendo gala de su florido lenguaje diplomático.

2013: “el año de la extorsión”. Lo caractericé así debido al escándalo de proporciones gestado desde las propias entrañas del régimen. Recordemos que al interior de éste se organizó un consorcio mafioso dedicado a extorsionar a reos prometiéndoles influir en la justicia para absolverlos o favorecerlos de alguna manera. Uno de ellos, a quien se debe el descubrimiento de esta lacra, fue Jacob Ostreicher, luego de la visita del actor Sean Penn, a quien el caudillo había otorgado el pomposo título de “Embajador del Estado Plurinacional para las Causas Nobles”.

2014: “el año del Estado Plurinominal”. Hace cuatro años, el Gran Impostor, se postuló ilegalmente a los comicios presidenciales –sus peleles del TCP así lo ordenaron y sus serviciales del TSE lo ejecutaron–. Estos últimos mandaron a imprimir la totalidad de las papeletas de votación con el rótulo de “Estado Plurinominal de Bolivia”. Un acto electoral que debió haber sido declarado nulo.

2015: “el año de Petardo”. Un can adoptado por marchistas potosinos, a quienes acompaño en su periplo a la sede del Gobierno, captó la simpatía de la ciudadanía hastiada de la manera cómo el régimen ostentaba su poder basado en corrupción. Aún estos días, Petardo simboliza la lucha por la democracia y la repulsa a la corrupción masista.

2016: “el año NO-Evo”. Hoy conocido como 21F, el referendo convocado por el régimen con el propósito de desconocer el artículo 168 de la Constitución para forzar la reelección del Gran Hermano, resultó un revés para tales aspiraciones. La ciudadanía decidió que el sujeto volviera a su cato de coca el 22 de enero de 2020, como él mismo lo había manifestado.

2017: “el año del nulo”. En línea con el hecho precedente, la población dio una paliza al régimen en las “elecciones judiciales”. No obstante la contundencia del rechazo y de los mensajes adversos al Gobierno, éste impuso, como lo había hecho anteriormente, a sus operadores judiciales.

Y llegamos a 2018 como “el año de la doble pérdida”. El régimen perdió el juicio en La Haya y con ello se cerró toda posibilidad de salida al mar –al menos por el lugar y las condiciones exigidas por Bolivia– y, por otra parte, la democracia ha sido secuestrada por el mismo. Sobre lo primero, sanseacabó. Sobre lo segundo, la lucha por su recuperación ya ha comenzado.

Puka Reyes Villa es  docente universitario.

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