Puka Reyesvilla

De alucinaciones y piratas

viernes, 06 de diciembre de 2019 · 00:12

Los llamados “vuelos de la muerte” fueron una práctica corriente en Argentina durante la dictadura de Jorge Rafael Videla. Cientos de ciudadanos tenidos por “comunistas” por el solo hecho de ser contestatarios al régimen de entonces (1976-1981 y su continuación hasta 1983). Como sucede con este tipo de controles políticos, una denuncia anónima era suficiente para que las fuerzas de Seguridad aprehendiesen a los sospechados de subversivos y para que algunos, selectivamente, corriesen la suerte de acabar desaparecidos.

Un familiar que padeció las represalias, por la pura circunstancia de estar en el lugar y momento equivocados, vivió para contar que apilaban indistintamente a hombres y mujeres en el mismo ambiente con los ojos vendados y la boca amordazada, de modo que sólo se valían del contacto directo con sus manos para establecer cierta comunicación.

Quienes no tuvieron la fortuna de este pariente, eran despojados de sus ropajes, cargados en aviones y lanzados al mar para, una vez muertos y devorados, darlos por “desaparecidos”. Las mujeres que sufrieron esta cruel manera de acabar con su vida eran, además, vejadas sexualmente antes de ser arrojadas al océano.

Durante uno días, Bolivia tuvo la (in)grata visita de un grupo de aventureros que, en plan de activistas de derechos humanos, cuya estrambótica versión de la situación local luego del abandono de su cargo que hiciera el expresidente Morales es una suerte de adaptación de lo sucedido en el país del cual provienen a los hechos que acontecieron en el nuestro. ¡Con la diferencia de que en Argentina sucedieron realmente!

Es probable que la patota que nos vino a observar, liderada por un porteño megalómano, no se haya podido reponer del trauma de la dictadura militar que, entre otras cosas (Galtieri, 1982) mandó al sacrificio a una generación de jóvenes a las Malvinas (Falkland, para los británicos). Eso parece hablar de procesos no resueltos en el vecino austral que pretenden ser redimidos por estos sujetos  cruzando su frontera al norte.

Es evidente que el grupículo, piratas sus propios integrantes, vino con el propósito de fraguar historias de piratas para luego difundirlas por la región. Y para ello, cuenta con medios –tanto financieros como de prensa–. Los primeros se develaron en su ostentoso modo de vida que lucieron a su paso –¡claro que para el espectáculo mediático había que aparentar un estilo popular!–. Sobre los segundos, un puñado de páginas orgánicas del “socialismo del siglo XXI”, replicaron sin pudor alguno las alucinaciones de sus amigotes.

Donde fracasaron estrepitosamente fue en los medios responsables y en la opinión pública que, coincidentemente, las pulverizaron. Es que semejantes groserías no resisten un mínimo análisis.

Ya a su arribo al aeropuerto de Santa Cruz –tramoya incluida– la delegación pirata anunciaba su dudosa “misión”: desvelar el exterminio de “hermanos indígenas” que, según su guion, se está produciendo en Bolivia, y denunciar el “golpe de Estado” y las violaciones a los derechos humanos con testimonios de los mutilados.

Después de eso, era obvio que se informaría algo igualmente desopilante, pero nadie imaginó que fuera tan fantasioso: “policías violando mujeres muertas” y “personas siendo arrojadas al vacío desde helicópteros”.

En buenas cuentas, el paso de esta muchachada trajo una dosis de morbo ideológico cuya acción resultó contraproducente para sus supuestos fines, dadas las patéticas historias, mal adaptadas de su propio pasado, que se le ocurrió contar. Se cae, por enésima vez, la intención de deslegitimar la retoma del rumbo democrático en Bolivia.

 

Puka Reyesvilla es docente universitario.

 

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