Puka Reyesvilla

Supremasismo

viernes, 6 de noviembre de 2020 · 00:12

Antes de que a la editora de esta sección se le ocurra “corregir” el título de la presente entrega, me adelanto a ratificar su grafía. El concepto encierra, en una sola palabra, el supremacismo del MAS. Hecha esta precisión, pasemos a desarrollarlo.


En origen, el supremacismo se refiere a una tendencia de la ultraderecha estadounidense de adjudicar a la “raza blanca” y a sus “valores” una supuesta superioridad sobre el resto de la especie humana; de manera análoga a los nacionalismos que pregonan la superioridad de una nación sobre las demás.


Por extensión, podría aplicarse el concepto a toda postura que reivindique la supremacía -étnica, cultural, intelectual- de un grupo sobre el resto de los sus congéneres. Puede, asimismo, hablarse de supremacismos locales (al interior de un Estado, por ejemplo) o de microsupremacismos.


Los últimos meses hemos visto (re)brotar en nuestro medio expresiones bastante próximas a lo descrito. Utilizando como emblema al mismísimo Dios, grupos ultristas desengañados en su idea de arrasar en las elecciones, salieron a mostrar su “superioridad” -¿moral? ¿religiosa? ¿militar?- nada menos que acudiendo a los cuarteles para que algún soldado asumiera el gobierno para impedir que “el comunismo” lo haga. Jocosamente, por oponerme a tan decadente manifestación, se me ha tildado de comunista, cuando lo más próximo a ese vocablo que soy es columnista o, a lo sumo, algo de consumista tengo (comprador compulsivo de libros y discos).


Pero como los hay a un lado, los hay al otro también. Desde el discurso anticolonialista trasnochado gestado en los prolegómenos del quinto centenario (1992), una suerte de exacerbación de cierta superioridad de los “originarios” fue expandiéndose en el imaginario colectivo hasta encontrar una expresión política, el MAS, quienes coronaron (literalmente, en Tiahuanaco) al “primer presidente indígena” de la República de Bolivia. El ejercicio del gobierno demostró que de tal superioridad no había pizca. Resultaron más corruptos y pícaros, como se diría en Santa Cruz, que sus antecesores “blancos”. El caso Fondioc es la muestra palmaria de tal hecho.


En lo que sí ha recuperado -porque durante un tiempo dejó de tenerla- superioridad, es en cantidad de respaldo necesario para lograr una clara mayoría electoral. Sin embargo, este nuevo impulso parece venir aparejado de un insano propósito de imponer un poder -retomar el camino que le quedó cerrado gracias a la acción ciudadana de hace un año-. Y se pasaron por la entrepierna los 2/3.


“Ahora gobernamos los collas”, ha dicho un adláter del partido favorecido con el voto ciudadano. Imagino que tal disparate hizo que muchos “no-collas” se arrepintieran de haberle otorgado mayoría.


Pero donde ya se mostró campante el supremasismo es en la justicia. Sus operadores no han tenido ni siquiera el pudor de esperar a que se instale el nuevo gobierno para beneficiar a sus patrones con una seguidilla de fallos -algunos de ellos en horas en las que los hampones salen a trabajar- que dejan una sensación de inermidad en la ciudadanía.


En tal afán, a esos agentes del supremasismo se les ha ido la mano: Han sacado de prisión a una investigada por el delito de narcotráfico. Pesó más el que sea su “hermana” en el instrumento político que su condición de delincuente.


La cereza de la torta la puso un agitador del Conade paralelo. Este individuo sugiere la creación de milicias armadas, unas “brigadas azules”, para amedrentar a los ciudadanos. Cuesta creer que en pleno siglo XXI (ha transcurrido la quinta parte del mismo) se escuchen estas groserías.


Así como manifesté mi repudio por quienes, arrodillados, se pusieron a tocar las puertas de los cuarteles pidiendo a los militares que asalten el gobierno -patética demostración de supremacismo regional- destaco la denuncia que las Fuerzas Armadas  han hecho contra dicho sujeto. El Presidente entrante, como capitán general de las mismas, debe respetar su institucionalidad, así como éstas deben respetar a la autoridad democráticamente elegida.

Puka Reyesvilla es docente universitario.

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