Puka Reyesvilla

Lo que el virus no se llevó

viernes, 31 de julio de 2020 · 00:12

“El Facebook parece una larga lista de obituarios”, me comenta mi esposa y no le falta razón. Esta red social, a diferencia de otras, se ha convertido en una suerte de muro de testimonios sobre la partida de los seres queridos de los usuarios y la de los héroes que estuvieron en la primera línea de acción en contra de la calamidad –así llamé al asunto en una columna de hace dos meses y ahora el gobierno lo oficializa decretando “estado de calamidad”-.

Si usted está leyendo estas líneas es porque según cada variante –haber padecido y superado tal situación, (aún) no haberla padecido, tenerla latente y no haberse enterado todavía- está en lo que Carpentier llamaría “el reino de este mundo”. Y puede considerarse afortunado(a). Eso sí, en los dos últimos casos, a seguir tomando recaudos porque nadie está a salvo del monstruo microscópico.

En mayor o menor grado, todos hemos perdido a una persona cercana. Se nos han ido papás, mamás, hermanos, hermanas, amigos y amigas. El virus también se ha llevado a gente valiosa por su espíritu de servicio al prójimo; impotencia e inermidad están en el ambiente.

Todo homenaje a ellos queda corto. Estamos en deuda con ellos. Inclusive, en su despedida, merecían mucho más. Página Siete tributó a las almas de estos servidores en una de sus ediciones, un honor póstumo cuya memoria ilumina el camino. La calamidad, en fin, se ha cargado la vida de parte de lo mejor de nuestra gente. Sus huellas, sin embargo, permanecerán indelebles y tendrán un sitial de privilegio cuando se escriba la historia de estos aciagos días. Sugiero a los ejecutivos de este medio considerar la posibilidad de editar un libro que los testimonie para que las próximas generaciones sepan del valor de sus antecesores.

Hasta aquí, aquello que el virus se llevó: vidas. No se llevó su ejemplo, por cierto. Pero, ¿qué de aquellas cosas que no lo hizo?

Con todo su dramatismo y la permanente conmoción que genera, la calamidad no ha conseguido llevarse ciertas actitudes que supondríamos, hasta por sentido común, desaparecerían o al menos entrarían en pausa.

Ocurre que por los intereses que están en juego en el ámbito político, fundamentalmente la realización de las próximas elecciones, aquellos señores que cometieron el fraude electoral más alevoso de la historia, se rasgan las vestiduras por el asunto de la fecha de aquellas.

Ciertamente, los comicios deben realizarse. Nadie en su sano juicio ha mencionado la suspensión de los mismos. Si la postergación de éstos “favorece” al gobierno prolongando su gestión –no le veo el encanto a “gozar” del poder en estas condiciones- es producto de las circunstancias.

Ahí está la mala leche del partido que sumió al país en la corrupción durante 14 años. Por recato, al menos, debería respetar las decisiones que adopta el Tribunal Supremo Electoral, como órgano de poder autónomo y, por norma, el Legislativo sancionarlas sin mayor trámite. En tal sentido, la fecha, lo he dicho antes, no es lo más importante. La fecha, en todo caso, es una consecuencia del análisis de las condiciones sanitarias previstas y de los recursos necesarios para una elección atípica.

En tal sentido, están por demás las convocatorias a la convulsión y a incendiar el país. Si el titiritero de Buenos Aires cree que esto redituará en votos a su candidatura de pantalla, está absolutamente errado. Nosotros, encantados de que sea así, pero no con las acciones que el exdictador instruye.

Según se sabe, está relativamente cercano el día en que la vacuna contra la calamidad esté disponible; lamentablemente, no se avizora una contra la insensibilidad azul.

 

Puka Reyesvilla es docente universitario.

 

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