Puka Reyesvilla

Seis meses de aguante

viernes, 2 de julio de 2021 · 05:12

El sábado 10 de julio se van a cumplir 180 días, vale decir seis meses, de aquel en el que el Presidente “invitaba” a la ciudadanía a aguantar, mientras pueda, la embestida de la pandemia. Puede usted considerarme como un obsesivo compulsivo por llevar una contabilidad de esta naturaleza, pero no veo otra manera de registrar los hechos a partir de aquel gesto presidencial.

En una anterior oportunidad describí el carácter del verbo “aguantar” (“Llevamos un mes de aguantar”, columna publicada el viernes 18 de junio) y transcurrido este tiempo, muchos ciudadanos de Bolivia  perecieron esperando encontrar una esperanza para seguir entre los nuestros. Todos, más allá de que algunos nombres fueran más conocidos que otros, gente de valía que dio batalla hasta que la eternidad les abrió sus puertas.

Suele decirse que “mal de muchos, consuelo de tontos” y estos meses se ha escuchado frecuentemente que estamos mejor que otros en la contención de la calamidad. Puede ser así, pero esto no quita que hubo –y hay– muchas deficiencias en la gestión sanitaria. 

Hablo de la gestión como una política integral de salud en todos los aspectos (directos e indirectos) concernientes al tema: información, prevención, atención médica, infraestructura, tecnología, transparencia, coordinación, seguimiento, etc.

Lo que se ha visto es una serie de acciones “parche” que han tenido cierto efecto, pero que nunca llegaron a concretarse en un verdadero plan. Es decir que se ha invertido el sentido. Lo lógico es tener un plan que contemple la posibilidad de contingencias en el camino.

A mi modo de ver, el “programa del aguante” tiene, hasta la fecha, dos momentos: el del uso electoral de las vacunas por parte del régimen de Morales Ayma –vía Arce Catacora– y el corriente, aparentemente mejor coordinado, coincidente con la tercera ola, salpicado por episodios odiosos, incertidumbre sobre el suministro de las segundas dosis y creencias absurdas sobre los efectos de las vacunas –todo ello, transversalizado por la carencia de unidades y de medicinas para el tratamiento de la enfermedad, cosa aprovechada por especuladores que actúan a la sombra–.

Sobre el uso electoral –que, dicho sea de paso, no le sirvió de nada al régimen de Morales Ayma; incluso puede decirse que le resultó contraproducente– quedan las groseras expresiones (“las vacunas no son para la oligarquía”, “no les tengan miedo a las estadísticas”) y la presencia del Presidente en cada llegada de vacuna, por mínimas que fuesen las cantidades. De algún modo, el tono ha bajado y al Presidente ya no se lo ve mucho en los aeropuertos.

Los episodios odiosos a los que me refiero son, entre otros: las vacunaciones VIP –en particular la de la hija de Morales Ayma, que derivó en la destitución del director médico del centro en donde la señorita se hizo vacunar. A ella no le sacaron ni la lengua–; las fiestas que infringieron las restricciones –la del cumpleaños del comandante de las FFFA y la de la CSUTCB, donde apareció una “ahijada” del presidente en plan de “no sabe usted con quién se ha metido”–.

Respecto a la incertidumbre, luego de haber hablado hasta de 15 millones de vacunas por gentileza de Putin, estos días se han tornado poco prometedores para quienes recibieron la primera dosis de la Sputnik. Se llegó a decir que la segunda, sería cubierta por otra. Por fortuna, una vez más, la campana ha salvado al Gobierno y vienen, muy medidas, las dosis estrictamente necesarias, además del millón de las que otorga el mecanismo COVAX, gracias a gestiones iniciadas por el gobierno constitucional transitorio.

En relación a las creencias absurdas, ¿qué se puede decir? ¿ignorancia? ¿falta de información? Del lado de la ciudadanía también hay necedad.

Nos encontramos en la desescalada de la tercera ola. Seguiremos, mientras se pueda, aguantando la próxima.

 

Puka Reyesvilla es docente universitario.

 

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